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Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] La palabra entramado

Las redes de corrupción que agobian a Colombia han pasado a llamarse ‘entramados’, uno de los términos más usados por periodistas y funcionarios. En su columna, Juan A. Tapia repasa la ‘explosión’ de esta palabra en los medios y los mayores escándalos.

Ojalá el nada convencional periodista y escritor argentino Martín Caparrós no se avergüence de esta imitación de su columna semanal en El País sobre el significado práctico de las palabras, ese que va más allá de las acepciones de la Real Academia Española y es la savia del idioma, y entienda que este intento de emularlo sólo persigue descubrir cómo de la noche a la mañana el término ‘entramado’ pasó a acaparar los titulares de la prensa colombiana.

No hace mucho, a las redes entrevesadas de la corrupción nacional, aquellas en las que varias personas juntan saberes y artimañas para desangrar las arcas del Estado, se las identificaba con otra palabra llamativa, pero de correcto uso: concierto. Vocablo que, según el diccionario de la santa madre RAE, quiere decir “ajuste o convenio entre dos o más personas o entidades sobre algo”, y apenas una definición después hace referencia a “función de música en que se ejecutan composiciones sueltas”.

¿Cómo pasamos del concierto al entramado? Aunque antes de la pandemia la palabrita ya había ganado terreno entre políticos, miembros de la Rama Judicial y periodistas, su explosión en el vocabulario de los colombianos podría atribuírsele a la exministra de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) Karen Abudinen durante el escándalo por la pérdida de $70.000 millones en el contrato de Centros Poblados para llevar internet a las zonas más apartadas del país.

La exfuncionaria del gobierno de Iván Duque convirtió la palabra en su muletilla de defensa contra las acusaciones que recibió por el desfalco, declarándose una y otra vez en los medios de comunicación como víctima de un entramado. Desde entonces han pasado dos años en los que su uso ha saltado de la jerga jurídica a la periodística y de ahí a la calle. ¿Pero qué carajo es un entramado?

“Conjunto de láminas de metal o tiras de material flexible que se cruzan entre sí”, define la RAE en su primera acepción, y “entrecruzamiento de ideas, sentimientos u opiniones en un texto”, en su tercera. Ninguna se adapta al significado que le han dado los colombianos, una mezcolanza de ambas que podría condensarse en “grupo de personas de principios elásticos que comparten planes y ejecutan acciones sobre un negocio que los beneficia, sin importar que lesione los intereses del Estado”.

Hay entramados de entramados, dignos de guion de telenovela, como el de Nicolás Petro y su expareja Daysuris Vásquez o el del exalcalde de Barranquilla Alejandro Char con la excongresista Aida Merlano, que ya tiene tras las rejas al hermano de éste, Arturo, expresidente del Senado, y que combinan amor, odio, dinero, política e investigaciones por corrupción en las más altas esferas.

Hay otros que ni siquiera parecen entramados, como el que describe el periodista Sergio Ocampo Madrid en su columna La Costa no fue nostra, publicada el 23 de julio en El Espectador, relacionada con el libro de la también periodista Laura Ardila, que destapa los entramados de la administración pública en Barranquilla. Antiguo editor general de El Heraldo, el diario insignia de los barranquilleros, Ocampo califica el modelo que ha traído progreso a la ciudad como una “corrupción eficiente”, es decir, “buena gestión” con “contratación nebulosa”.

Y es que basta con escribir ‘entramado’ en los motores de búsqueda de internet para tener a la mano la cronología reciente de la corrupción en Colombia, desde el mítico Odebrecht hasta el actual robo de hidrocarburos en Ecopetrol.

Pero el caso que se ajusta como anillo al dedo a la palabra es el de la Casa Blanca, el comando político de Aida Merlano en el que, según la Corte Suprema de Justicia, fue conformada una empresa criminal para manipular el resultado de las elecciones al Legislativo en 2018, con un triángulo sentimental de fondo: el que unía a la excongresista con el entonces alcalde Char y el empresario megacontratista del Estado Julio Gerlein. Entramado que a la vez era ‘entre-amados’.

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