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Uno de los sectores más deprimidos de Cartagena es Isla de León, donde algunas madres cabeza de hogar solo les alcanzan los alimentos para preparar dos comidas diarias. /Foto: John Pinto.

“Más que al virus, le tenemos miedo al hambre”: Karen Cueto, líder de El Pozón

Uno de los barrios más golpeados por la pandemia en Cartagena ha sido El Pozón que, históricamente, ha tenido altas cifras de pobreza. Una líder de ese sector cuenta cómo el virus llegó a profundizar una crisis social que ya no da más espera.

*Esta entrevista forma parte de la serie ‘Pensar el territorio, pensar lo que viene’.

Uno de los barrios más poblados y pobres de Cartagena es El Pozón. Desde las primeras semanas de pandemia, la Alcaldía lo declaró foco de contagio y con esa sentencia desencadenó una nueva ola de estigmatización contra sus habitantes, quienes por años han batallado contra la exclusión.

Con el confinamiento y el cierre del turismo, la pobreza tocó aún más fondo en una comunidad lejana de las postales turísticas del Corralito de Piedra y en la que vive gran parte de los 486.166 cartageneros en pobreza monetaria, según cifras recientes del Dane

Fundado en el suroriente de Cartagena, a finales de los años 60 por campesinos, El Pozón creció décadas después con el desplazamiento de centenares de ciudadanos que salieron de distintos rincones del Caribe huyendo de las balas con ansias de encontrar refugio seguro. Fue así como el barrio comenzó a crecer hasta convertirse hoy en un territorio de 33 sectores, que forman parte del cinturón de pobreza asentado en inmediaciones de la Ciénaga de la Virgen. 

La Contratopedia dialogó con la líder social y habitante de El Pozón Karen Cueto para conocer cómo han afrontado los pozoneros el hambre y la zozobra que la pandemia agudizó.

Cueto, representante de la Corporación Diafragmados y quien trabaja en procesos de superación de pobreza junto a la Fundación Grupo Social, lamenta que el discurso de William Dau —el alcalde alternativo que ganó sin el apoyo de las tradicionales maquinarias electorales de Bolívar— haya atizado la estigmatización contra su barrio.

Karen Cueto, líder del barrio El Pozón de Cartagena.

La Contratopedia Caribe. Con toda la estigmatización que sufrió el barrio al inicio de la pandemia —medios como El Heraldo lo llamaron el ‘Wuhan del Caribe’,—, ¿qué significó para quienes viven allí ser considerados parte de un foco de contagio?

Karen Cueto. Cuando muchas personas empezaron a perder su trabajo, empezamos a revisar cómo nos estaban contando. Sentimos indignación por cómo nos estaban enunciando. 

Conocí la historia de una señora que había trabajado por seis años en una casa de Bocagrande y la despidieron en mayo. Empezó a vender cosas desde su casa. Nada formal. Ahora trabaja por días en algunas casas, pero a menor ingreso. No tiene vinculación de seguridad social.

Ese tipo de historias empezaron a aparecer justo después de todas esas noticias y después de que el alcalde dijo que El Pozón era el principal barrio afectado por el coronavirus en Cartagena. Hubo gente que se mudó para mantener sus trabajos.

LC. ¿Las más afectadas fueron las mujeres que trabajaban como empleadas en casas de familia?

KC. Sí, las más afectadas fueron las mujeres que trabajaban en casas de familia, pero también las que tenían puestos independientes de comida en el mercado y aquí mismo en el barrio. Hubo una estrategia de la Alcaldía para evitar toda venta pública de alimentos. En Bazurto decían que las personas de El Pozón no podían cocinar, mientras el barrio fuera foco de contagio.

LC. Los meses más críticos de este señalamiento fueron mayo y junio. ¿Qué pasó después? ¿Cambió ese continuo dedo acusador contra el barrio?

KC. En ningún momento cambió. Solo se olvidó. No se tuvo en cuenta que habían otros barrios ascendiendo en número de contagios. El barrio no despertó el mismo interés noticioso cuando los casos comenzaron a bajar.

LC. ¿Cómo cambió la vida en el barrio después del confinamiento?

KC. Varios negocios cerraron. Hay madres cabeza de hogar sin empleo y han aumentado los jóvenes en condición de riesgo.  De los seis jóvenes muertos en Cartagena este mes (abril), dos son de El Pozón.

LC. ¿Cuáles son esas condiciones de riesgo?

KC. La inasistencia al colegio, la falta de recursos tecnológicos para seguir recibiendo las clases desde casa y el desempleo de las madres cabeza de hogar permitió que muchos de los jóvenes volvieran a cometer actos delictivos y aumentaran los enfrentamientos entre pandillas. 

Durante la segunda ola de contagios (noviembre – diciembre 2020) lo más complicado fue ver los enfrentamientos de los chicos con todo tipo de materiales. Peleaban por el territorio, por cruzar fronteras imaginarias. Eso sumado al encierro genera una sensación de angustia. 

Hay una sensación de desesperanza generalizada. Muchos jóvenes estudian, pero no trabajan. No ven la escuela como esa sensación poética de libertad sino como un espacio que quita tiempo para generar recursos económicos. 

LC. Y los jóvenes que no han desertado y siguen estudiando, ¿cómo hacen para recibir sus clases?

KC. El colegio ha sido un privilegio para los que tienen la posibilidad de tener internet y una herramienta tecnológica, como un computador o un celular. Para las madres, sin embargo, la carga ha sido grande porque les ha tocado ser las profesoras de sus hijos. 

En mi calle, por ejemplo, a los estudiantes les envían las guías de estudio para que entreguen las tareas. Sin embargo, un proceso de aprendizaje real no ha habido. Además, a la mayoría de estudiantes les ha tocado buscar por sí mismos las condiciones para conectarse y enviar las tareas.

Las instituciones educativas que agrupan a la mayoría de estudiantes de educación básica y media de El Pozón son las escuelas públicas Camilo Torres, Nuestro Esfuerzo y La Libertad.

LC. ¿Cómo han sido las condiciones de acceso a la salud de los pozoneros durante la pandemia?

KC. El Hospital está en condiciones demasiado inhumanas. Los espacios de servicio de primeros auxilios tienen mosquitos y están sin aire acondicionado. Allí solamente se prestan los servicios básicos y enseguida los pacientes son remitidos a una Madre Bernarda o a cualquier otra clínica principal que logre suplir las necesidades médicas. 

El año pasado, durante el confinamiento, las mujeres embarazadas y a punto de partir preferían esperar a que un transporte las llevara a otro hospital o clínica, porque sabían de las afectaciones que podrían sufrir si parían aquí.

Cuando hay un joven herido, por ejemplo por enfrentamientos de pandillas, los llevan allí y reciben los primeros auxilios. Los médicos hacen todo lo que pueden para mantenerles la vida, pero las intervenciones más avanzadas no se hacen aquí. Son remitidos a una clínica principal porque no están dadas las condiciones para atenderlos.

El Hospital de El Pozón es una de las 17 obras inconclusas que dejó la administración de Dionisio Vélez en Cartagena, después de contratar en 2014 obras de infraestructura para 25 puestos de salud de la ciudad por casi $100.000 millones.

LC. ¿Qué tanto han ayudado a mitigar el hambre de los últimos meses los subsidios entregados por la Alcaldía y el Gobierno central?

KC. En cierta medida esas ayudas sí han ayudado a mitigar las necesidades, pero lo que sucede con El Pozón y otros barrios de Cartagena es que no tienen hogares pequeños. 

En un hogar hay varias familias y las dosis alimentarias brindadas por el Gobierno, por ejemplo durante el confinamiento, no suplían las necesidades totales de un grupo familiar, integrado por ocho o 10 personas y donde nadie estaba trabajando. Muchas familias tuvieron que buscar distintas formas para generar recursos y resistir el confinamiento.

LC. ¿A qué medidas de supervivencia apelaron muchos pozoneros durante el confinamiento para comer?

KC. Hubo varios oficios. El que más aumentó fue el de los carretilleros. Como la comida es de primera necesidad y la fruta viene de pueblos cercanos como Bayunca y Clemencia, los jóvenes salían a vender en carretilla a los barrios. 

Las comidas a domicilio también fueron una opción de ingresos para esas madres cabeza de hogar que se quedaron sin trabajo. Muchas consiguieron trabajo después del confinamiento, pero otras no. 

Sobre todo aquellas que las despidieron de casas de familia, donde tenían muchos años trabajando. Para empezar desde cero con otras familias, ya son vistas como mujeres mayores porque tienen más de 50 años.

LC. ¿Conoces familias que no tienen garantizadas las tres comidas diarias en el barrio?

KC. Sí. Hicimos un estudio con 20 mamás en Isla León, que es un sector de aquí de El Pozón. Encontramos que han optado por almorzar bien y tomar un jugo o algo muy ligero por las noches, porque las condiciones no están dadas para más.

LC. Y, ¿cómo es la calidad de esa comida? ¿Son comidas con proteínas?

KC. Generalmente aquí el consumo es de granos y arroz: arroz y lentejas o arroz y frijol. Pocas veces se come carne. Como la carne no es una opción, se opta por pollo, cerdo o huevos.

LC. ¿Comer pescado de la Ciénaga tampoco es una opción?

KC. No, está muy contaminada. No hay pescadores de la Ciénaga por esta zona. Los pescados que llegan aquí (la mayoría de Marbella) son de intercambio. Como las familias no tienen las condiciones para pagarlo, lo intercambian por granos o por servicios.

Todavía las personas del norte o de sectores como la Mano de Dios consumen pescados que les da la Ciénaga, pero las personas que estamos de este lado, barrio adentro, no. Está muy contaminado.

La Ciénaga de la Virgen es uno de los principales ecosistemas de Cartagena que desde hace años agoniza. La parte más visible de su tragedia ambiental es el impacto humano por la pobreza y la falta de conciencia ciudadana. Sin embargo, ese estado crítico se debe también a la negligencia gubernamental y a la corrupción

LC. ¿Cómo lidian los habitantes de El Pozón con ese estigma constante, con los significados asociados al barrio? 

KC. Durante la pandemia, por ejemplo, batallar con los señalamientos fue difícil, porque creíamos que los habíamos superado. Creímos que ya no éramos el estigma del gran Corralito de Piedra. 

De pequeña me enseñaron que para ir al Centro tenía que sacudirme los pies para que no se dieran cuenta que venía de El Pozón, porque El Pozón siempre ha sido sinónimo de barro.

Cuando las calles no estaban pavimentadas había un dicho popular que decía: ‘Límpiate los pies que vamos para el Centro’. Las madres eran vistas con malos ojos porque sus pies estaban llenos de tierra.

Pareciera que cada época se inventa una forma de exclusión y de hacerte entender que eres parte de una sociedad que no debe ser vista ni a la que se tolera ver en escenarios públicos.  

Ver esas formas de exclusión fue muy duro, porque dentro del barrio tenemos unos procesos de exclusión que estamos tratando de superar.

LC. ¿Qué procesos son esos?

KC. Los procesos más álgidos de exclusión han sido los discursos, que todavía no se han minimizado. Es la forma como los noticieros nos enuncian, como las personas en el Centro pueden decir quién es de El Pozón y quién no por su color de piel. Son temas aprendidos, son sesgos culturales. 

El alcalde más alternativo de Cartagena es quien más nos ha excluido con su discurso. Nunca se habló de otros focos. Nunca se habló del foco que fue Manga, por ejemplo. El gran foco de Cartagena fue El Pozón. Fue la vez que más se sectorizaron las cifras de la pandemia. 

Siempre hay noticias sobre las violencias por líneas invisibles o ataques violentos en general. Entre las últimas noticias que puedes encontrar sobre El Pozón está una puñalada que le dieron en la cara a una vigilante por defender a su papá en un atraco. 

Pero los sucesos positivos, los jóvenes que tienen reconocimiento, no se cuentan. Tenemos a un joven que está triunfando en el extranjero. Si sale en las noticias no saldrá reseñado como pozonero, saldrá como cartagenero. Pero, si hubiera apuñalado a alguien entonces sí sería identificado como pozonero.

Hay unas formas de discurso excluyente que no han terminado. Siempre hemos sido vistos como los delincuentes de Cartagena. 

LC. Pese a todas las situaciones difíciles por las que atraviesan, ¿cómo podríamos entender la resiliencia de los pozoneros?

KC. La solidaridad cooperativa ha sido clave y lo fue mucho más durante el confinamiento. Hubo muchas muertes por Covid-19 y para todos esos casos la Junta de Acción Comunal hizo colectas para recaudar fondos y cubrir los entierros, porque las condiciones de las familias no les permitían tener recursos para costearlos. 

Para una familia es muy difícil saber que no tiene cómo enterrar a sus muertos. Eso puede tomarse como algo indigno: ‘¿Cómo es posible que no tengas recursos ni para enterrar a tu ser querido?’ 

Quisimos que la muerte fuera un acto de unión y de solidaridad.

LC. Entonces, ahora hay más solidaridad en el barrio…

KC. Sí, hay mayores procesos solidarios. La gente ha entendido mucho más que forma parte de una comunidad, que el otro también es humano y necesita ayuda. Podemos ayudarlo entre todos de una u otra manera.

LC. ¿Cómo están asumiendo esta nueva ola de Covid-19?

KC. Más que al virus aquí le tenemos miedo al hambre. La nueva normalidad no se percibe como nueva normalidad. Aquí la desesperanza es grande. La gente siente que esto no va a cambiar.

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