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Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] La geopolítica del balón

La Eurocopa 2024 está que arde. Mucho más que un título, hay en juego varias concepciones del mundo por venir, marcado por odios milenarios y banderas quemadas, pero también por la reivindicación de los valores de la revolución francesa de Kylian Mbappé, analiza Juan A. Tapia.

Los mejores libros de geografía que tuve de niño fueron los álbumes Panini de los mundiales de fútbol. Los caramelos autoadhesivos resultaron más pedagógicos que las clases en el colegio, y gracias a la información general sobre los jugadores y sus federaciones pude memorizar con facilidad las capitales de los misteriosos países de Europa del este, blindados para un estudiante de bachillerato del hemisferio occidental salvo por esas cartillas de láminas coleccionables que permitían, cada cuatro años, abrir la ‘cortina de hierro’ y ver más allá del balón.

Sofía, compañera de sexto grado para México 86, sentada dos pupitres delante del mío, tenía el nombre de la capital de Bulgaria, equipo con la particularidad de que los apellidos de casi todos sus futbolistas terminaban en ‘ov’: Mijailov, Dimitrov, Petrov, hasta llegar, en Estados Unidos 94, al más reconocido de ellos, Stoichkov.

Las cartillas también me enseñaron que Budapest, la capital húngara, es distinta de Bucarest, la de Rumania, donde el apellido Popescu es tan común como Pérez en Colombia. Y que los Cárpatos, de donde provenía el ‘Maradona’ de los rumanos, Gheorghe Hagi, es un sistema montañoso que atraviesa varios países, algo así como los Andes de la Europa oriental.

La desintegración de Yugoslavia supuso un derramamiento de sangre que vi por televisión sin comprender lo que ocurría hasta que, una a una, fueron apareciendo en partidos internacionales, con el aval de FIFA antes que el de Naciones Unidas, selecciones que no existían: Serbia, Bosnia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia del Norte y, por supuesto, Croacia. Robert Prosinečki y Davor Šuker, estrellas del poderoso equipo yugoslavo que estuvo a punto de eliminar a Argentina en cuartos de final de Italia 90, pasaron a defender con orgullo, ocho años después, una extraña indumentaria a cuadros rojos y blancos con la que ocuparon el tercer lugar en el Mundial de Francia.

Las cartillas y los caramelos no solo transmitían datos de referencia de cada jugador —fecha de nacimiento, ciudad de origen, club en el que militaban—, también dejaban volar la imaginación. Con la influencia del cine y la televisión estadounidense, los rostros de los futbolistas de la Europa que permanecía bajo el paraguas de la Unión Soviética, ilustres desconocidos hasta la explosión de las telecomunicaciones en la década del 90, adquirían un aura de misterio que los hacía ver como espías de las agencias de inteligencia socialistas. ¿Qué misión secreta estarían obligados a cumplir bajo el camuflaje de la casaca nacional?, se preguntaba mi niño de entonces.

Ahora que la Eurocopa 2024, celebrada en Alemania, capta la atención de los amantes del fútbol, es decir, de más de media humanidad, recuerdo las horas que pasaba frente a los puestos de venta e intercambio de láminas en el centro de Barranquilla o el parque Tomás Suri Salcedo para conseguir a un Dumitrescu rumano o a un Belánov ucraniano, aunque al servicio de la URSS en aquellos años.

Mientras la Europa acomodada hierve por una guerra en su patio trasero que amenaza con salirse de cauce y propagarse por todo el continente, los aficionados de esa Rumania que conocí a través de las láminas corean “¡Putin, Putin!” en medio de la goleada de su selección 3-0 a Ucrania en el Allianz Arena de Múnich. Odios milenarios, banderas quemadas, enfrentamientos entre barras y mucha cerveza corriendo por las plazas es el panorama en las ciudades germanas.

La bandera de la revolución francesa la ondeó Kylian Mbappé, contratado hace apenas unas semanas por el Real Madrid, con su llamado a la juventud de su país a votar en contra de la ultraderecha de Marine Le Pen en las legislativas convocadas a las carreras por el presidente Macron tras el triunfo de los nacionalistas en Europa, corriente que denigra de la multirracialidad y diversidad cultural que ha dado dos copas del mundo a los galos. “Estoy en contra de los extremos, los que dividen. Creo en los valores de la mezcla, la tolerancia y el respeto”, dijo el considerado por muchos mejor jugador del planeta.

No todos sus colegas comparten estos principios o por lo menos no están de acuerdo con ventilarlos en ruedas de prensa, como declaró el portero de la selección española, Unai Simón: “A veces tenemos la tendencia a opinar de estas cosas cuando no sé si deberíamos entrar o no. Yo soy un profesional del fútbol y creo que en estos momentos me debería limitar a hablar de temas deportivos”.

Hay más que un título en juego en esta Eurocopa, que quizá sea la última antes de que las ideas ultras se expandan por todo el continente y Rusia aplaste definitivamente a Ucrania. O quizá no: en la geopolítica del balón, como en el fútbol, los partidos no acaban hasta el pitazo final.

@jutaca30

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