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Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] La cultura de la salchipapa

El nuevo estilo de vida del barranquillero es el resultado del desconocimiento y abandono de su patrimonio cultural, que incluye desde su gastronomía hasta su rica historia arquitectónica, plantea en su columna Juan A. Tapia.

Miles de salchichas cortadas en trocitos caen sobre colchones de papas a la francesa en una mesa de ocho metros de largo. En pocos minutos, una lluvia viscosa de salsas tártara y rosada bañará esta cordillera de embutidos y los comensales se abalanzarán como fieras hambrientas. La preparación de la salchipapa más grande de Colombia fue el acto central del festival dedicado a este platillo tan apetecido en Barranquilla, celebrado en la Plaza de la Paz del 20 al 23 de junio, con ventas que llegaron a $1.069 millones.

La salchipapa es más que una comida rápida muy popular en esta ciudad —64.000 personas asistieron al festival, según sus organizadores—, se ha convertido en un fenómeno cultural entre los menores de 30 años. Hace una década era una opción poco escogida dentro del menú de perros calientes y hamburguesas, pero la mercadotecnia y las redes sociales hicieron lo suyo hasta asociarla con el estilo de vida barranquillero. Es la prueba de que es posible generar sentido de pertenencia a través de reforzar gustos y comportamientos.

Sucede, también, con algunos lugares y monumentos, entre estos el conocido como La Ventana al Mundo. Devenido en ícono gracias a su exposición constante en la prensa, este logo gigante de la empresa que lo construyó —y que explota su imagen como símbolo de pujanza— ha desplazado, en apenas seis años, el interés por la rica historia arquitectónica de Barranquilla.

Es el resultado de la manipulación cultural en una ciudad que ha dejado de admirar las casas con valor patrimonial de los barrios El Prado y Bellavista o las construcciones de estilo republicano, art decó y modernista que a duras penas logran mantenerse en pie en el centro histórico, para maravillarse con rascacielos y centros comerciales.

Pero ¿es posible manipular la cultura al antojo? Primero veamos esta definición de cultura consignada en el diccionario de la Real Academia Española: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época y grupo social”. Por ende, la comida que nos llevamos a la boca es cultura; la ropa que escogemos para salir de casa es cultura; la afición por un equipo de fútbol es cultura; la música que escuchamos y todo cuanto hacemos o dejamos de hacer es producto de una herencia cultural particular y social.

Remover ese arraigo, cambiar unos modelos por otros, es más sencillo en una ciudad que desconoce su patrimonio urbanístico, musical, gastronómico, deportivo y tantos más. En la que bibliotecas y galerías se cuentan con los dedos de las manos, y en la que sus escenarios para actividades artísticas específicas —Amira De la Rosa, Mamb, Parque Cultural, Bellas Artes— han estado clausurados durante años y solo ahora parece que hay un plan para salvarlos.

La ciudad que saca pecho por su transformación social, pero que permite, desde su Alcaldía, que una de sus mayores conquistas en esta materia, la Escuela Distrital de Artes (EDA), haya paralizado su actividad académica durante un semestre por falta de presupuesto. Aunque ya volvieron a abrir las inscripciones para los 11 programas de estudio, las consecuencias en materia de deserción solo podrán ser cuantificadas al regresar.

Hace 70 años, en agosto de 1954, el joven Gabriel García Márquez anunciaba con entusiasmo la publicación de ‘Todos estábamos a la espera’, de su gran amigo Álvaro Cepeda Samudio, con un artículo en el que plasmaba su convicción de que un talento de esa naturaleza solo podía surgir de una ciudad en la que, contrario a su predisposición por la fiesta y el libertinaje, “hay tres librerías en las que Faulkner se agota en 48 horas”. Hoy, a Barranquilla le ha quedado grande hacer una Feria del Libro medianamente decente.

Así, en otros ámbitos, las grandes voces de la radio han dejado su lugar a locutores deslenguados que hacen escuela y “forman” audiencias con su estilo ramplón. Y hasta la pasión por el Real Madrid ha terminado por robarle hinchas al Junior, razón para que Fuad Char se queje de que el estadio Metropolitano permanece vacío. Es la nueva Barranquilla, la que cada día busca parecerse más a Miami y menos a sí misma, y en la que la cultura de la salchipapa gana terreno.

@jutaca30

Una respuesta a “[Opinión] La cultura de la salchipapa

  • Hola Juan Alejandro (Qué bonito nombre)
    Me gusta mucho tu redacción y entiendo cada palabra de lo que dices.
    Es doloroso; sin embargo, es lo q pasa a nivel mundial.
    Lo vivimos los maestros en salones de clase donde vemos cómo la empatía, el sentido de humanidad se pierde cuando escuchamos decir cosas como : conversar es aburrido.
    En ese momento entiendes que el mundo como lo conocemos está destinado a desaparecer.
    Duele sí, pero es una carrera que ya comenzó y no se va a detener.

    Saludos.

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