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Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] El titular que no fue

En primera persona, Juan Alejandro Tapia narra una noticia que estuvo cerca de ser trágica: la de su propia muerte a manos de un atracador que le robó el celular en Barranquilla.

Mirar dentro del cañón de un revólver es sumergirse en el túnel del tiempo, pero sin la luz al final de la que tanto hablan los que afirman haber ido y venido. Hipnotiza. Paraliza. “No te vayas a hacer matar”, fueron las palabras que me devolvieron a la realidad, ejemplo de sintaxis en boca del tipo que me apuntaba con un arma. “No”, la evocación del modelo de castigo impartido por los padres: no hagas esto o aquello porque tendré que tomar medidas; “te”, la proximidad, esa cercanía que surge entre atracador y víctima; “vayas”, la amenaza del desenlace inminente, aunque con un resquicio de esperanza: todavía no estás muerto, el final puede ser otro; y “a hacer matar”, la transferencia de responsabilidad: si terminas con un hueco en la frente será por culpa tuya.

El domingo 30 de junio volví a nacer a las 7:56 de la noche, justo el día que cumplí 49 años. Después de los festejos familiares de rigor, Lucas, un cocker spaniel de mirada tierna y temperamento impredecible, empezó a seguirme por toda la casa para avisarme de su necesidad de salir a la calle. Lo llevé al parquecito de la esquina, desolado a esa hora, con la seguridad que brinda conocer el terreno. He vivido en el sector desde que tengo uso de razón y hasta ese día me jactaba de caminar sin ojos en la espalda. Aunque ya había sido advertido por mis vecinos de que los atracadores merodeaban a la espera de un blanco fácil —quizá alguien con mi descripción: en chancletas y con una mano ocupada en la correa del perro—, desestimé el llamado a andarme con cuidado.

Trece años de reportería de crónica roja, en los recovecos de Barranquilla, me dan el conocimiento para distinguir un revólver de juguete de uno real, y tres décadas en el periodismo, la experiencia para interpretar el comportamiento humano: el hombre que puso un arma entre mis ojos no era un novato al que le temblaba el pulso o al que podía inducir al diálogo. Veinte segundos fueron suficientes para darme cuenta de que mi atracador estaba lejos de sentir pánico escénico y hablaba en serio. Había aparecido de la nada, al mando de una motocicleta que frenó a mi lado sin ruido ni espectacularidad. “El celular, toma mi celular”, dije sin apartar la mirada del cañón, y con voz serena me ordenó lanzarlo a la calle.

Mientras sacaba el aparato del bolsillo me arrodillé frente a él en señal de sumisión. Buscaba tranquilizar también a mi perro para que no olfateara el peligro. Lo conozco bien y no encuentro explicación para su serenidad, pues más de una vez he tenido que pedir disculpas por la agresividad mostrada a repartidores de comida en moto o bicicleta. Lucas mantuvo sus ojos clavados en el hampón, pero sin enseñar los colmillos. Cuando todo terminó y quedamos los dos en el parque, lo abracé con fuerza y, bañado en lágrimas, lo premié con su frase favorita: “¡Buen chico!”.

Al día siguiente la prensa local informó que desde el viernes 28 de junio hasta la madrugada del 1 de julio fueron asesinadas 11 personas en Barranquilla y su área metropolitana. Junio cerró con 65 homicidios en Atlántico, 10 casos más que en 2023. Treinta de esos crímenes ocurrieron en la capital del departamento. Entre 2019 y 2023 la tasa de homicidios en la ciudad pasó de 22.2 a 28.3 por cada 100.000 habitantes. En el mismo periodo, Barranquilla fue el segundo municipio o distrito con más masacres en el país: 12. Y las extorsiones aumentaron en un 624 por ciento en esos cinco años, según datos del portal La Silla Vacía.

Un movimiento en falso al desprenderme del celular o un ladrido de alerta para los vecinos y, quizá, mi nombre habría figurado en el conteo de fallecidos de junio. Como reportero judicial que fui, esa noche, mientras dormía, mi mente voló a la sala de redacción y me vi sentado frente al computador redactando la noticia de mi muerte. El titular me despertó: Asesinan a un periodista el día de su cumpleaños. El sumario precisaba que el comunicador había salido de su casa a dar un paseo con su perro cuando recibió un tiro en la cabeza para robarle el celular. Una historia repetida, tantas veces contada, que ya no sorprende a nadie: un ciudadano que pierde la vida por un teléfono que irá a parar al mercado ilegal o a las cárceles.

¿Fui un idiota por no respetar ese undécimo mandamiento que conocemos de sobra los colombianos? ¿Quién me manda a llevar el celular conmigo hasta para sacar al perro un domingo por la noche? Si de algo debemos sentir vergüenza los nacidos en este país es del maldito “no dar papaya”, que desnaturalizó la conducta delictiva ante los ojos de la sociedad. El foco ya no está en el delincuente, sino en la supuesta falta de sentido común o la ingenuidad de la víctima.

El alcalde Alejandro Char espera que los grupos Élite contra la extorsión y el crimen, que comenzaron a operar hace una semana con la plata de la sobretasa de seguridad cedida al Distrito por el gobernador Eduardo Verano —$78.000 millones anuales—, fortalezcan una estrategia sustentada en la ventaja numérica: más policías, más camionetas, más motos, más equipos de comunicación. Aunque el pie de fuerza y la dotación son necesarios para mejorar la vigilancia, su utilidad queda en entredicho cuando la matriz no está en las calles sino en las cárceles. Por lo pronto, que un ciudadano que paga puntualmente el dichoso impuesto, lo mismo que el del alumbrado y tantos otros, no pueda darse el “lujo” de pasear a su perro, es señal de que la guerra contra la criminalidad se está perdiendo.

@jutaca30

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