[Opinión] Pleitesía

Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] Pleitesía

En la Barranquilla de la era Char, tan parecida a una monarquía, el servilismo a la corona (o a la gorra) es una de las características más lamentables, afirma en su columna Juan Alejandro Tapia.

La concentración del poder en un solo individuo es el mayor estigma de las monarquías, pero lejos está de ser el único. Aunque reyes sabios, justos y amados por sus pueblos ha habido casi en igual número que tiranos, la democracia surgió para repartir las cargas, permitir el ascenso a puestos de mando de ciudadanos más o menos corrientes —siempre que obtengan el respaldo de la mayoría— y para librar a las sociedades de tres de los peores males de la corona (o de la gorra, en el caso de Barranquilla): la creencia en que el elegido es señalado a dedo por Dios, la posibilidad de transmitir el mandato de padres a hijos por el vínculo de sangre, y las patéticas reverencias de los súbditos.

En la Barranquilla de la era Char, tan semejante a una monarquía, estas tres características no han desaparecido. La idolatría a la figura del alcalde Alejandro Char es pan diario en la prensa local, que ha olvidado su papel de fiscalizador de la gestión pública para transformarse en megáfono y gaceta de la información oficial; hace carrera ya un heredero con el mismo nombre y apellido del monarca, al que hay que sumarle el remoquete de “Junior” para asociarlo con el equipo de fútbol de la ciudad; y el servilismo de los secretarios de despacho, el cuerpo de funcionarios y los mismos periodistas, en ocasiones es denigrante.

Para reconocer el despegue y avance de Barranquilla durante los 18 años de la Casa Char en la Alcaldía no hace falta arrastrarse como serpiente ni arrodillarse. El desarrollo de la ciudad, en especial del cuadrante al que llaman “Quillami” o “Quillita premium”, es incuestionable. Hasta los más duros críticos del modelo de gestión deben tener la capacidad de hacerlo sin pestañear ni morir de úlcera, porque de lo contrario su opinión está cargada de resentimiento político o personal, y va en contra de hechos fácilmente sustentables.

La ciudad tiene una cara de mostrar, una cara alegre, bonita, limpia, acogedora e impactante. Pero también tiene una oculta: la del poder en la sombra de las bandas criminales, que la han convertido en la capital colombiana de la extorsión; la de las vías destruidas; la que no cuenta con escenarios culturales, pero da luz verde a la ampliación de su estadio de fútbol; la que sistemáticamente ha arrojado baldados de agua sucia sobre la empresa de energía —antes Electricaribe, ahora Air-e—, merecidos por demás, para esconder lo que ocurre en la joya de la corona, su compañía de acueducto, aseo y alcantarillado, Triple A.

Esa pleitesía raya en lo ridículo entre los políticos recién llegados a las toldas charistas o afines a este movimiento, matriculados en lo que ya es conocido como la “escuelita de Fuad”, padre del rey de la gorra y abuelo del heredero al trono. Da la impresión de que para granjearse el favor de los jefes, para hacer carrera en el grupo político, fuese necesario extender una alfombra de elogios y alabanzas.

Hay que ver el estado de trance del candidato a la Cámara de Representantes por Cambio Radical, Estefanel Gutiérrez, por la presencia de Alejandro Char hijo en el lanzamiento de su campaña, en un video que se hizo viral en las redes sociales, y en el que “Junior”, con su gorra de príncipe, destaca en tono vehemente el uso dado por su padre a los impuestos que pagan los barranquilleros. “¡No hay más nada que decir!”, exclama un eufórico Gutiérrez después de haberlo abrazado.

Más o menos por los mismos días en que apareció en redes ese video, Joao Herrera Olaya, exsecretario de Recreación y Deportes de Barranquilla, reconoció en una entrevista con el periodista Sergio García, director de Impacto News, que su grupo perdió la Alcaldía de Soledad porque él se equivocó al ir en contra de la jefatura de los Char.

“Mi posición debió haber sido respetar totalmente las directrices de don Fuad, que es el jefe natural del movimiento”, dijo un muy conmovido Herrera al lamentar, también, que sus acciones provocaron en 2019 el rompimiento de la amistad de su padre, el entonces alcalde de Soledad Joao Herrera Iranzo, con el barón electoral Fuad Char Abdala.

Tras distanciarse de su amigo de más de medio siglo, Herrera padre protagonizó un hecho polémico en un evento político en julio de 2023 cuando intentó besar la mano de Fuad Char como si se tratase del Papa o de un capo de la mafia, en gesto de agradecimiento al recibir el apoyo de Cambio Radical para su aspiración de volver a la Alcaldía de Soledad. El líder del movimiento en la Costa Caribe alcanzó a evitarlo, pero la actitud de Herrera Iranzo fue cuestionada por la prensa y la opinión pública nacional.

El fenómeno no diferencia orillas políticas. El servilismo y la lambonería —esa práctica tan auténticamente colombiana, consistente en sobar chaqueta para obtener un beneficio— son requisito para aspirar a un puesto en las altas esferas del Gobierno Nacional y para acercarse al presidente Gustavo Petro.

Al límite llegó en su día el exsenador y exdirector de Prosperidad Social, Gustavo Bolívar, al confesarle su amor al Jefe de Estado en un consejo de ministros transmitido por televisión para todo el país. “Yo a usted lo amo, presidente”, afirmó sin sonrojarse. Pero poco después renunció a su cargo y se distanció del mandatario por el regreso de Armando Benedetti al primer círculo del poder. Es la única diferencia con la monarquía barranquillera: que en el Palacio de Nariño prima el interés personal, en el edificio del Paseo Bolívar postrarse ante su inquilino parece un acto genuino, y si no es así, la actuación resulta muy natural.

Inclinarse no debe significar, necesariamente, deshacerse en elogios ni humillarse en público. Lo acaba de demostrar el mismo presidente Petro en su visita a la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump. Fue en actitud de cordero camino al matadero, pero solo bajó la cabeza en privado, de manera simbólica, sin tener que rebajarse al extremo, conservando un mínimo de dignidad. Y terminó por obtener lo que fue a buscar, un ‘me gusta’, un corazoncito para la postal en redes sociales, ese I like you (”me caes bien”) que le dijo el comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del mundo. Contrario a la premio Nobel de Paz María Corina Machado, que hasta compartió su galardón con el republicano para ganarse su aprobación y todavía no recibe respuesta. Es lo que sucede cuando las rodillas tocan el piso con mucha frecuencia o la pleitesía es rendida en exceso: tarde o temprano fastidia.

@jutaca30

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