Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] Lucha de clases
Incentivar con un discurso inflamable la eterna división entre ricos y pobres, entre empresarios y obreros, es la estrategia electoral de Gustavo Petro, que podría darle el triunfo en primera vuelta a Iván Cepeda, analiza en su columna Juan A. Tapia.
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Hablemos de odio. Hablemos de rabia contenida, aunque el término quizá es dormida. Hablemos de opresión y sed de reivindicación. Hablemos de prender una hoguera, de sublevarse contra el orden prestablecido. Hablemos de venganza. Con una estrategia desempolvada de los años 60 y 70, pero con un discurso adaptado a los tiempos, el presidente Gustavo Petro está cerca de conseguir que su proyecto político —primer jefe de Estado de izquierdas en la historia de Colombia, repiten los medios de comunicación— continúe otros cuatro años en el Palacio de Nariño por interpuesta persona, la del senador Iván Cepeda Castro, puntero en todas las encuestas previas a la primera vuelta de este 31 de mayo, y su “heredero”, como ha sido bautizado por sus dos principales contradictores en la carrera presidencial. Hablemos, entonces, de la estrategia de Petro para marcharse sin necesidad de irse. Hablemos de lucha de clases.
Las encuestas de Invamer y Gad3 sobresaltaron esta semana a los opositores del gobierno Petro con una realidad matemática y un escenario poco visualizado hasta ahora. En la de Invamer, contratada por el canal Caracol y Blu Radio, Iván Cepeda lidera con 44,3% de intención de voto; seguido de Abelardo De la Espriella, con 21,5 %; y Paloma Valencia, con 19,8 %.
En la de Gad3, para la alianza de Noticias RCN, La Fm y La República, Cepeda obtiene el 36%, escoltado por Abelardo De la Espriella con el 21% y Paloma Valencia con el 13%. Es decir, sumados los dos candidatos de derecha no superan al “heredero” del presidente. Esa había sido la bandera de las diferentes corrientes de oposición: que fusionadas las dos votaciones en segunda vuelta, sin importar el favorecido, terminarían por imponerse. Fue la lógica que triunfó en Chile con el ultraderechista José Antonio Kast, a pesar de la victoria en primera ronda de Jeannette Jara, la candidata comunista afín al gobierno de Gabriel Boric. Pero en Colombia, donde ha hecho carrera la frase “en política, dos más dos no son cuatro”, las cuentas parecen estar cobrándole factura a la oposición.
El otro escenario, impensado hace apenas un par de meses —en febrero se había realizado la última encuesta—, pero sobre el que ya han empezado a alertar figuras de la derecha dura como la exdirectora de la revista Semana Vicky Dávila, es el de un Cepeda ganador en primera vuelta. Según la exaspirante presidencial, de regreso en el periodismo sin solución de continuidad entre una faceta y otra, si Cepeda fuera un candidato más mediático ya lo tendría asegurado. Se refiere a que si mostrara un poco más de carisma, de fluidez oratoria, de visibilidad en la prensa y las redes, sus números serían todavía mejores.
Pero es lo que hay. Y con eso parece alcanzarle al Pacto Histórico, el partido de gobierno, para posar nalga y media en el solio de Bolívar. Y no ha hecho falta más, ni siquiera la colaboración de Cepeda con una campaña menos metida en la caverna, porque el presidente Petro se encargó, desde mucho antes de su posesión, antes incluso de su propia campaña presidencial, de imponer el relato de la lucha de clases en el país, que ha sido transversal a los demás: a sus reformas sociales —las aprobadas y las que no—, a la paz total, al aumento del salario mínimo, a los enfrentamientos con el Congreso y las Cortes, a los escándalos de corrupción.
Atravesando todo ha estado siempre la incitación al odio, a saldar cuentas de un pasado que se remonta a la Colonia, a dividir el país entre obreros y empresarios, entre ricos y pobres, con la certeza de que siempre serán más los oprimidos, los marginados, los descontentos con su lugar en la escala social, que los beneficiados con las jerarquías existentes.
Desde el estallido social, en el cuatrienio de Iván Duque, la lucha de clases está latente en la calle. En aquellos días, las protestas pusieron por primera vez en jaque a un gobierno, y el aparato de control y represión del Ejecutivo —Policía, Ejército y organismos de seguridad— fue insuficiente para mantener el orden público en las grandes ciudades. Pero esa reacción en cadena a la que alude frecuentemente el jefe del Estado —sacar el pueblo a la calle— cuando no consigue sus objetivos, cuando un proyecto de ley no es aprobado por el Congreso o alguna de las Cortes termina por tumbarlo, solo es posible con el discurso inflamable de la lucha de clases.
Durante los cuatro años de Petro, la oposición puso el foco en los desafueros del presidente y en los desaciertos de su gobierno, restándole importancia a su incuestionable capacidad de manipulación y convocatoria. El discurso del presidente vende más que cualquier otro, pues le habla al colombiano de a pie de sus problemas diarios, de la economía de su bolsillo, no de la que explican en la prensa los tecnócratas de Los Andes.
Durante cuatro años, la oposición planteó un debate racional mientras Petro apelaba a lo emocional. Y ya puede ser tarde para explicarle a ese “pueblo” que todavía apoya al presidente que una sociedad necesita tanto al empresario como al obrero. El día en que los ricos decidan llevarse su capital, cerrar negocios e industrias, Colombia será un país inviable, escribía en sus columnas el siempre corrosivo Antonio Caballero, a quien jamás podrá acusársele de ser de derecha. Si querían derrotar a Petro en 2026 debieron dejar de lado los ataques personales y concentrarse en desvirtuar la lucha de clases como estrategia electoral.
El mismo discurso le abrió las puertas de la Casa Blanca, en dos ocasiones, a Donald Trump. A pesar de su condición de magnate inmobiliario, el republicano hizo uso de un lenguaje directo y sin florituras, el único que posee, para convencer al estadounidense blanco, maduro, agotado por trabajos miseria y derrotado anímicamente, de que la razón de la falta de oportunidades para gente como él eran las políticas económicas y migratorias de Obama y Biden. Una lucha de clases soportada ya no en el estrato, sino en el anhelo de miles de americanos marginados de hacer grande a América otra vez, pero exclusivamente para ellos. Una América en la que la prosperidad dependa de la nacionalidad y el color de la piel.
El problema para la derecha colombiana es que sus dos candidatos con mayores opciones, Paloma y Abelardo, son el blanco perfecto para el relato del desposeído contra el usurpador, del rico contra el pobre: blanquitos, millonarios y con raíces familiares en el extranjero, que en el caso de Valencia se remontan a sus antepasados españoles de origen noble, radicados en Popayán durante la colonización. De ahí la inesperada designación de la líder indígena caucana Aida Quilcué como vicepresidenta de Cepeda, a la que le llegará su turno de victimizarse como pase a segunda vuelta la descendiente del hidalgo malagueño Pedro de Valencia y Aranda, quien arribó a Popayán en 1695 y fue el precursor de un linaje de políticos, terratenientes, mineros y escritores. Lucha de clases en su más pura expresión: hacendados contra nativos despojados de sus tesoros y territorios. De manual.
Si las disidencias de las Farc vuelan un tramo de la carretera Panamericana en Cajibío, Cauca, y asesinan a dos decenas de civiles con cilindros bomba, Petro apunta su dedo acusador a una alianza de la derecha con la Junta del Narcotráfico para desestabilizar un departamento con marcada inclinación progresista. El mensaje: los ricos matan al pueblo y no quieren que Cepeda les acabe el negocio de la droga.
Si las quejas por las fallas en la atención médica son imposibles de ocultar o deslegitimar, el presidente sabe que en los territorios apartados el sistema de salud nunca ha funcionado como en las grandes urbes y contrataca con más lucha de clases. Si el Banco de la República se resiste a bajar las tasas de interés, Petro amenaza con un nuevo aumento al salario mínimo. No importa si finalmente los jueces lo tumban, dirá que no lo dejan gobernar para el pueblo. Así como están las cosas, lo único que puede darle el triunfo a la oposición son los votos de Claudia López y Sergio Fajardo, en un conteo reñido con Cepeda si verdaderamente Paloma y Abelardo solucionan sus diferencias y se unen. Ahora bien, si resulta que ese 44 % no es el techo de Cepeda, sino que sigue creciendo, entonces todo está ganado para el proyecto progresista.