Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] La camiseta de la Selección
La campaña de Abelardo De La Espriella, en una jugada magistral, se adueñó de la ‘amarilla’ antes del Mundial. En las semanas previas a la segunda vuelta esta prenda puede ser clave para llegar al Palacio de Nariño, analiza Juan A. Tapia.
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Hizo bien Abelardo De La Espriella en tomarse unos segundos el domingo en la barcaza luminosa desde la que se dirigió a sus votantes, frente al Malecón del Río, para agradecer al cerebro detrás de su campaña por el éxito rotundo en la primera vuelta presidencial: Carlos Suárez.
A pesar del profundo desprecio y temor que despierta el presidente Gustavo Petro en medio país, y por consiguiente la eventual prolongación de su mandato con Iván Cepeda, el estrambótico resultado de 10.361.499 votos no hubiera sido posible si esos sentimientos de rechazo —encarnados por el candidato de ultraderecha— no logran una conexión con el electorado a través de simbolismos cuidadosamente elegidos como su identificación con el carácter salvaje e indómito de un tigre de bengala —muy raro para un tipo que viste trajes a la medida confeccionados en Italia—, un eslogan de fácil recordación como el tal “firmes por la patria”, que evoca la época de la seguridad democrática y trae de vuelta el discurso de mano dura contra los criminales, y la apropiación de la camiseta de la Selección Colombia ad portas del Mundial de Fútbol.
En 1977, Brian May, el legendario guitarrista de Queen, compuso We will rock you con la intención de que el público interactuara con la banda en sus conciertos, al zapatear y aplaudir, como parte activa de esta canción. Es lo que ha hecho la campaña de De La Espriella al imponer el saludo militar entre sus adeptos. Llevarse la mano derecha a la frente con solemnidad castrense no solo pretende resaltar el supuesto carácter decidido e inquebrantable de sus electores, también busca hacerlos sentir valerosos combatientes de nuestras fuerzas armadas, así su líder no haya ni prestado el servicio obligatorio. No tengo ninguna prueba de lo que voy a decir, pero estoy convencido de que hay más soldados activos y reservistas de primera línea en las filas del progresismo, gente pobre que es arrastrada a pelear una guerra a nombre de otros, que entre los feroces miembros de la “manada”.
Todo fue planificado a la medida por un sastre, como la ropa de Abelardo, para esa mitad de Colombia que aún ve cerca la posibilidad de seguir los pasos de Venezuela, cuando nada en el gobierno Petro evidencia un rumbo semejante. Carlos Suárez parece haber pensado hasta en el último detalle, pues incluso la acción de marcar el rostro del candidato en el tarjetón fue viralizada como ponerle “la raya al tigre”. El tema musical que acompaña sus discursos, compuesto por el barranquillero Nicolás Tovar, está disponible en las plataformas y solo falta que termine incluido en los cañonazos bailables de fin de año.
Pero ni el odio hacia Petro puede marcar más diferencia hasta la segunda vuelta que el uso de la camiseta de la Selección Colombia mientras el país cae en el trance de la ‘fiebre amarilla’ del Mundial. Votantes de derecha, centro e izquierda terminarán compartiendo la misma prenda —el debut contra Uzbekistán es el 17 de junio— y la sensación de victoria de De La Espriella quedará instalada en el ambiente.
Fue otra jugada magistral de Suárez, amigo personal del candidato, penalista como él, defensor de paramilitares también, y uno de los grandes estrategas políticos del país. Sin importar el resultado del 21 de junio, porque en Colombia las componendas políticas en las regiones, la repartición burocrática, la compra de votos y la coerción de los grupos armados puede inclinar la balanza hacia cualquier lado, su campaña ya es objeto de estudio y culto. Volver a un fanfarrón sin experiencia, homófobo, misógino, machista, clasista, rodeado de personajes siniestros del mundo del hampa, un aspirante viable a sentarse en el solio de Bolívar, da cuenta de su capacidad para vender un producto: lo mismo un champú que un presidente de la República.
Por eso comete un error el candidato del gobierno, Iván Cepeda, en ir detrás de los pasos de Suárez, que son los mismos de De La Espriella. Reclamar frente a las cámaras el uso indebido de la camiseta de la Selección es una señal de debilidad peor aún que la de emplazar a su rival, ahora sí, a un debate presidencial. El rostro del senador del Pacto Histórico mientras criticaba a la otra campaña por haberse adueñado de la ‘amarilla’ no puede definirse solo con la palabra perdedor. Hace falta remitirse al inglés para hallar un término que describa a plenitud esa cara de perplejidad: loser.
Convocar a sus bases a usar la camiseta azul que llevará Colombia en su primer partido —por sorteo de la Fifa oficiará como visitante— es una opción que no debe ser considerada por el candidato del Pacto Histórico. El peligro de enfrentamientos entre compatriotas está a la vuelta de la esquina, y lo que menos necesita este país es que la Selección termine por convertirse en un motivo de discordia. Aceptar un duelo con su opositor, en este momento, tampoco es conveniente: ¿quién le ha dicho a Cepeda que en este país la inteligencia puede vencer a la estridencia? Cualquier argumento suyo sobre el manejo del Estado será reducido a cenizas por el iracundo De La Espriella y su boca de fuego.
Mejor dedíquese a sellar alianzas, a aumentar su presencia en redes sociales, a mover emociones con propaganda política, a definir cuanto antes si quiere a Roy Barreras y Armando Benedetti a su lado, y a mostrarle a Colombia que el candidato es usted y no el presidente Petro. Explicarles a los votantes de centro y a esos 15 millones de abstencionistas que no fueron a las urnas el 31 de mayo que compartir una visión de país no significa que sean la misma persona, podría serle útil. Remarcar, por ejemplo, su puntualidad, sobriedad, serenidad, disciplina, rigurosidad, etc, aunque implica una crítica vedada al jefe del Estado, sacaría a flote cualidades que hoy solo conocen los miembros de su partido y los que se han tomado el trabajo de leer su biografía. La campaña de comunicación en las calles, en las redes y en la prensa ya está perdida, a todas luces la de Abelardo fue mejor, pero llegar a la Presidencia todavía es posible.