Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] Hincha de Junior, crítico de los Char
¿Hay coherencia entre comportarse como un afiebrado fanático de Junior y al mismo tiempo cuestionar la gestión de la casa Char en la Alcaldía de Barranquilla? En su columna, Juan A. Tapia explica esa dualidad.
Por:
Me lo he preguntado tantas veces, sobre todo de unos 10 años para acá, cuando el equipo ha encadenado su mayor racha de triunfos en un siglo de historia. ¿Es coherente comportarme como un hincha afiebrado de Junior en mi vida privada, mientras en mi papel de periodista cuestiono el manejo político que la casa Char le ha dado a Barranquilla en sus ya casi dos décadas al frente de la Alcaldía? ¿Reconocer, por un lado, la gestión administrativa de esta familia y sus inversiones cuantiosas y constantes en el club, y, por el otro, criticar la manera en que el poderoso clan confunde la ciudad con otra de sus empresas?
No fue mi elección contraer el virus rojiblanco, es decir, hacerme aficionado de Junior. Solo los fanáticos televisivos del Real Madrid y el Barcelona, y ahora los del PSG, el Arsenal y el Bayern Múnich, pueden darse el lujo de escoger libremente el equipo que les gusta. En mi caso, nacido en el barrio El Prado, fui llevado al estadio Romelio Martínez por mi padre desde 1985. Íbamos a pie, comprábamos las boletas en Piolindo, un asadero de pollos frente al Parque de los Músicos, donde dos matronas pasadísimas de peso distribuían las entradas sin pararse de sus mecedoras, y regresábamos a casa con la piel roja, insolados, como si hubiésemos pasado la tarde en la playa. Era nuestro momento de la semana, nunca una actividad nos unió tanto.
A un niño de 10 años no le interesan datos como que el equipo había sido adquirido por el empresario Fuad Char Abdala en 1972; mi atención estaba enfocada en los argentinos Ischia, Bauza y Gasparini, en el mago samario Didí Valderrama y en los barranquilleros Alexis Mendoza, Juan Carlos Abello y Mario Coll. Hasta que un día, en su espacio radial ‘Comentando los deportes’, por Radio Tropical de Caracol, Édgar Perea mencionó el nombre de ese señor que viajaba cada fin de año a Argentina y Uruguay a contratar a los jugadores que yo admiraba.
En el vozarrón del más grande relator deportivo de Colombia, el apellido Char retumbó en mi cabeza. El ‘Internacional’, como entonces era conocido Perea, se refería al rey Midas de Junior por su nombre de pila: Fuad. Fuad para arriba y Fuad para abajo. Por el narrador también me enteré de que era el dueño de la cadena de supertiendas y droguerías Olímpica, y supe, en 1986, cuando trajo de Italia al peruano Julio César Uribe, que había sido nombrado gobernador del Atlántico. En mi inocencia infantil solo tenía agradecimiento para ese hombre tan generoso y rico que gastaba su fortuna para alegrarnos la vida a todos.
Cuarenta años después, con la celebración de ‘la 12’ todavía en el ambiente, una parte de mí sigue agradecida con él y, por extensión, con su familia, alcalde incluido. Pero es justo ahí cuando aparecen los reparos del periodista a la casa Char por darle a Barranquilla el tratamiento de una de sus propiedades, como si la ciudad fuese el Club Deportivo Popular Junior o cualquiera de sus empresas. Y no me refiero a la visión empresarial traída del sector privado, sino al autoritarismo del grupo económico que no rinde cuentas porque considera que todo le pertenece.
Así como el máximo dirigente del equipo contrata a dedo y por capricho futbolistas de su predilección, saltándose incluso a los otros miembros de su familia que fungen de socios del club, así la Alcaldía liderada por su hijo Alejandro entrega licitaciones multimillonarias a los mismos de siempre. Así como la estrategia comunicacional del alcalde consiste en explotar el sentimiento juniorista con interés político, como ocurre cada vez que anuncia la llegada de un jugador o festeja como un logro de ciudad la obtención de un título, así gambetea las críticas a su administración con la táctica del silencio y la complacencia de ese árbitro o VAR que debería ser la prensa.
Hasta hace un par de meses, el alcalde planeaba rediseñar la fachada del nuevo estadio Metropolitano con una imagen muy similar a la de un Super Almacén Olímpica (SAO). El rechazo generalizado en las redes sociales obligó a la Alcaldía a buscar alternativas, pero el episodio reflejó el sentido de posesión que la familia Char tiene sobre los bienes públicos. El escenario fue inaugurado durante el periodo de Fuad como gobernador y desde entonces es usufructuado por Junior, pero pertenece al Distrito, no es de un particular.
Tampoco hay títulos de dominio sobre el Malecón del Río, aunque el alcalde haya sido alma y nervio de una construcción convertida ya en emblema de la ciudad, y por eso no puede cerrarlo a su antojo para llevar de pícnic nocturno a su amante, Aida Merlano, como ocurrió durante su segunda administración.
Barranquilla todavía no queda dentro de una Olímpica, y la bandera de la ciudad no es rojiblanca. El himno compuesto por Amira De la Rosa no es el “siempre yo vengo a verte” adaptado por la banda de Los Kuervos. Los miles de votantes de izquierda en la capital atlanticense, que elección tras elección confirman su mayoría, no dejan de considerarse ‘tiburones’ por no compartir el modelo de gestión —con señales evidentes de cansancio y diezmado por la falta de nuevos liderazgos— impuesto por este grupo político.
Los triunfos del equipo no deberían ser usados como conquistas sociales del Distrito, porque, ya metidos en números, el Junior de los Char marcha a un ritmo que la alcaldía de Alejandro Char, en su tercer mandato en el Paseo Bolívar, parece no poder seguir. Ganar condescendencia con el fútbol no es más que juego sucio.