Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] Enrejados
Atribuirle a la ‘paz total’ de Petro el fenómeno de las rejas en Barranquilla para protegerse de la inseguridad es una lavada de manos olímpica del alcalde Char y una declaración con fin electoral, analiza en su columna Juan A. Tapia.
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Miente de manera descarada el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, al responsabilizar a la paz total del presidente Gustavo Petro de los problemas de seguridad en la ciudad. Miente, de forma histriónica, al escoger una casa enrejada del barrio Bellarena, en ese sur inmenso tan lejano a la ‘Quillami’ de las postales de Instagram, para gritar y manotear frente a las cámaras. Miente calculadamente el alcalde, aunque bajo un manto de espontaneidad, al vociferar su diatriba teatral contra una de las políticas fallidas del Gobierno Nacional solamente para aprovechar el rechazo general a la liberación de jefes de bandas criminales y exonerarse de sus errores y los de sus subalternos —entiéndase Elsa Noguera y Jaime Pumarejo— tras casi 20 años de controlar el Distrito.
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Y no es raro que mienta, o, al menos, es natural que lo haga. Lo hace él, lo hace Petro, la política en Colombia, todos lo saben, consiste en mentir sin sonrojarse y hacerlo en la propia cara de los ciudadanos. Lo preocupante sería que no mintiera, porque demostraría que el alcalde no ha estado al tanto de que la ciudad empezó a llenarse de rejas desde finales de la década del 90, mucho antes de su primer mandato en 2008, a causa de la expansión de paramilitares urbanos por los barrios del sur —como los Meza, que operaron en La Chinita, La Luz, Rebolo, Las Nieves y con el tiempo extendieron sus tentáculos a Soledad—, quienes impusieron a sangre y fuego los cobros por vigilancia armada a comerciantes y transportadores, semilla maldita de las extorsiones que hoy mantienen presos a los barranquilleros en sus casas y negocios.
“La gente de bien tiene que gastarse la plata en rejas. Como si estuvieran en una cárcel”, dijo Char en Bellarena sin más intención que la de sacar partido del malestar general para echarle el agua sucia a Petro justo cuando siente pasos de animal grande por una eventual candidatura a la Alcaldía del hoy ministro del Interior, Armando Benedetti, en caso de que Iván Cepeda logre llegar al Palacio de Nariño. “Esto es lo que nos ha traído la paz total, todo el barrio extorsionado, a los únicos que cuidan es a los bandidos”, aseguró el alcalde, en una muestra de populismo similar a las acostumbradas por el jefe de Estado.
Decirle a la gente lo que quiere escuchar y buscar un enemigo público para desviar la atención. Populismo de manual, mucho más en época electoral y con un candidato muy cercano a sus intereses aspirando a la Presidencia, que para más señas se vende como el Bukele colombiano. Fue lo que hizo Char en el muy golpeado Bellarena, donde, según sus palabras, “a duras penas queda una tienda abierta”.
Omitió referirse a su coerción al gobernador Eduardo Verano para cederle el manejo de los $78.000 millones anuales de la sobretasa de seguridad. Tampoco dijo nada de los paupérrimos resultados de los dos generales retirados Julio González y Mariano Botero, que trajo para encargarse de la inteligencia contra el crimen en su tercer mandato, y a los que definió el día de su posesión en diciembre de 2023 como “Chará y Cantillo” contra la inseguridad, en alusión a los refuerzos de Junior para enfrentar la Liga y la Copa Libertadores tras obtener la décima estrella.
En octubre de 2022, luego de 27 años de trabajar como reportero y editor de periódicos en la fuente judicial, publiqué Amarillo sangre, la historia de un periodista curtido en la crónica roja —Joaquín Higuera—, con Barranquilla como telón de fondo, que investiga un homicidio mientras hace una radiografía descarnada de su profesión y su ciudad. Allí describí el fenómeno de las rejas al que hizo alusión Char como si se tratase de una novedad, en una conversación informal entre el protagonista de la novela y un tendero agobiado por la delincuencia, frente a cuyo establecimiento fue cometido un asesinato.
El árbol de caucho cubría la pequeña terraza adecuada con taburetes y mesas rústicas, propia de ese enclave de curramberos de pura cepa que era el Barrio Abajo, en donde se mantenía la tradición de sentarse a tomar cerveza, jugar dominó o simplemente hablar mierda, que lo convertía en un oasis de bacanería en medio del desierto de cemento. Pero a esa hora de la mañana el local estaba vacío y todavía era temprano para aplicarse la primera del día, así que Higuera empezó por pedir un café sin azúcar antes de montarle conversación al tendero, que resultó ser de Barichara, “el pueblo más lindo de Colombia”, según afirmó con orgullo mientras limpiaba el mostrador y recibía una moneda por la infusión contenida en un termo.
La estrategia de Higuera consistía en ganarse la confianza de su interlocutor y solo si era necesario identificarse como periodista. La había perfeccionado con los años y cada vez le era de más utilidad debido a la creciente animadversión de la ciudadanía hacia los medios de comunicación.
—Es increíble que las tiendas tengan que estar enrejadas por la inseguridad, esto no se veía antes y mucho menos en el Barrio Abajo, donde se supone que toda la gente se conoce —dijo el periodista para picar al propietario del negocio.
Se refería a la manera en que la ciudad, en el lapso de unos 20 años, se había transformado en una fortaleza de varillas de hierro debido a la aparición de bandas criminales en los sectores de clase media y baja, integradas por paramilitares y pandilleros que un día atracaban a los comerciantes y al otro les exigían el pago de una cuota en efectivo o en especie, llamada vacuna, por la prestación del servicio de vigilancia contra robos. Todo con el objetivo de sembrar la semilla del miedo en las comunidades para distraer la atención del negocio que les llenaba la arcas, el narcotráfico al por mayor y al detal. Y el símbolo de esa espiral de violencia eran las rejas, que convirtieron a establecimientos y viviendas en cárceles para ciudadanos honestos como el tendero nostálgico de su tierra.
Miente entonces el alcalde al atribuirle la culpa a Petro de que los barranquilleros vivan enrejados, cuando el problema de la criminalidad es transversal a gobiernos de derecha e izquierda, y debe afrontarse con una política común encabezada desde el Palacio de Nariño y ejecutada por los mandatarios locales. Esta falta de articulación, derivada del distanciamiento ideológico y rencores personales, es una de las razones más poderosas para el incuestionable fracaso del Estado en la lucha contra las organizaciones delincuenciales en todo el país. Porque si bien es cierto que la paz total ha sido el mayor descalabro del Presidente, no es menos real que la estrategia de sumar más pie de fuerza policial, sacar el Ejército a la calle e invertir en camionetas y equipos de comunicación, tampoco ha servido de mucho. Pero de eso no habla Char.