Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] El padre
Tras el asesinato de su hijo, Miguel Uribe Londoño parte con favoritismo en la carrera por la candidatura del Centro Democrático. “Ojalá su dolor no sea instrumentalizado”, analiza Juan A. Tapia.
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La sobriedad con la que Miguel Uribe Londoño recordó el miércoles 13 de agosto en el atrio de la Catedral Primada de Bogotá, de cara al féretro con el cuerpo de su hijo Miguel Uribe Turbay, cómo en en ese mismo lugar, hace 35 años, había cargado con un brazo el ataúd de su esposa, Diana Turbay, y con el otro a su pequeño Miguel, entonces de 4 años, desgarró el corazón del país entero y no dejó a nadie indiferente, solo a los más recalcitrantes opositores políticos.
Lo dijo sin estridencias ni lágrimas, apenas con un leve temblor en la voz, por lo que el impacto fue más profundo en las decenas de personas reunidas en la iglesia y en las miles que lo vieron por televisión y redes sociales. Fue el reconocimiento de que, en ocasiones especiales, el mensajero es tan importante como el mensaje. O, incluso, el mensajero es el mismo mensaje.
A simple vista resalta que es un hombre de clase acomodada, pero, a sus 79 años, este economista y abogado es la prueba fehaciente de que la violencia en Colombia no respeta pinta. Por supuesto que han sido los humildes, los marginados, tanto en las ciudades como en el campo, los que han aportado la mayor cuota de sacrificio y sangre a esta espiral de muerte que parece no tener límite. Pero nadie puede decirle a él, a Miguel Uribe padre, que no ha puesto lo suyo, que ha salido indemne, como tantos en su posición social, de la tragedia de haber nacido en este país.
Enterró a su esposa, Diana, en 1991, tras el secuestro ordenado por Pablo Escobar. Y enterró a su hijo, Miguel, por los conflictos ideológicos que han sumido a Colombia en el odio y la desesperanza. Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial del Centro Democrático, de apenas 39 años, no era un líder que arrastrase masas ni sus propuestas eran compartidas por gran parte del país. Era intransigente, sectario y –algunos videos en el Congreso así lo reflejan– cruel.
Tampoco está claro que la candidatura oficial del partido ya fuese suya, aunque el guiño del líder natural de la colectividad, el expresidente Álvaro Uribe, lo tenía. Pero nadie merece dos tiros en la cabeza por eso. Compitió con sus ideas, hasta que las balas segaron su vida, dentro del marco de la democracia.
También es cuestionable que dejase un legado, salvo para su hijo, Alejandro, que hoy tiene la misma edad que él tenía cuando mataron a su madre, y para Miguel Uribe Londoño, su papá, quien ha decidido lanzarse a la carrera presidencial como precandidato del Centro Democrático. Motivos para creer que Colombia atraviesa por su peor momento y que solo la derecha más conservadora y excluyente puede salvarla, no le faltan. Está preso en el dolor, en la rabia y en sus circunstancias.
¿Conviene que esas sean las características emocionales que marquen a un futuro inquilino de la Casa de Nariño? Ha empezado por decir que el país necesita ser rescatado del “nuevo comunismo”, en un discurso que recuerda a su suegro, el expresidente Julio César Turbay.
La carrera todavía no ha comenzado, los candidatos —de derecha, centro e izquierda— aún se encuentran en la largada. Pero Miguel Uribe Londoño entra con más favoritismo que su hijo. Se enfrentará en una encuesta a cuatro senadores del Centro Democrático: María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Paola Holguín y Andrés Guerra. Ojalá quienes lo promueven no terminen por aprovecharse de su dolor.