Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] El día después
Cuando el guayabo electoral aparezca, todos tendremos que poner en la balanza lo que hemos ganado y lo que dejamos perder por imponer una visión de país que no incluye a la otra, analiza Juan A. Tapia.
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Algo se rompió, y tardaremos mucho en pegarlo. En recoger los fragmentos del suelo, organizarlos y hallar la forma exacta en la que estaban antes de una campaña presidencial que partió en pedazos la historia de Colombia. El día después ha llegado, no importa el ganador, tampoco los derrotados, las venas abiertas de nuestro país expulsan odio y sangre y pus de manera profusa. ¿Podremos pegarnos, unos a otros, los 50 millones de colombianos? La silueta de nuestro territorio en el mapa, esa línea fronteriza semejante a un caballo de mar, es la más singular de todas en el globo terráqueo, ¿habrá suficiente solidaridad, grandeza, liderazgo y capacidad de perdón para remendarla? ¿O desde este lunes 22 de junio el país será solamente lo que quede de tanta furia, sed de venganza y deseo de destripar al que piensa y opina diferente, ya sea de izquierda o de derecha?
Cuando el guayabo electoral aparezca, todos tendremos que poner en la balanza lo que hemos ganado y lo que dejamos perder por imponer una visión de país que no incluye a la otra. ¿Cuántos familiares y amigos cuesta llevar un candidato a la Casa de Nariño? ¿Cuántos vecinos y compañeros de trabajo no volverán a reconciliarse? Las señales no dan para pensar en que una vez el escrutinio finalice los rivales pasarán la página. Porque no fueron dos hombres de ideologías extremas los enfrentados, sino la mitad de un país contra la otra. Si antes del 7 de agosto, día de su posesión, el presidente electo no se ha tragado su discurso de campaña, no ha tendido puentes con sus adversarios o al menos ha designado emisarios para el diálogo, el escenario de una guerra civil estará en su horizonte los próximos cuatro años.
Ni el estallido social incentivado irresponsablemente por algunos líderes de la izquierda para que los jóvenes más pobres pongan la cara por ellos en las manifestaciones; ni la política de guerra promovida testarudamente por la derecha para enviar a los jóvenes más pobres a matarse con las disidencias de las Farc, el Clan del Golfo y el ELN; ni la intervención descarada del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en los asuntos internos de Colombia. Nada será más complicado que superar la desconfianza mutua para desarmar los corazones de los colombianos.
Este martes llegará la primera prueba de fuego, y el sábado, la segunda. Y no en las calles ni en los escenarios designados por la Registraduría para el escrutinio, sino en las casas, en los bares, restaurantes, salas de cine y en cualquier lugar del país donde un televisor o una pantalla gigante sirva para ver los partidos de la Selección Colombia contra Congo y Portugal. Será la oportunidad para medir el daño de una contienda electoral que confirmó lo sabido desde el plebiscito por la paz de 2016: el país está dividido en dos mitades prácticamente exactas. Los 250.000 votos que separaron a De La Espriella de Cepeda en la segunda vuelta son el resultado de una campaña planificada hasta en el último detalle, moderna, agresiva, pero no significan que unas ideas tengan más peso o validez que otras.
¿Lograrán James Rodríguez, Luis Díaz y los demás jugadores de la Selección que aberlardistas y cepedistas puedan superar las ofensas lanzadas en las calles, redes sociales, oficinas y hogares para festejar unidos los goles del equipo nacional? ¿O la Selección dejará de ser un patrimonio de todos para convertirse en otro motivo de división como ocurrió con la camiseta amarilla? ¿Tendrán derecho los 12.708.695 colombianos que votaron por el candidato del Pacto Histórico a cantar el himno y llevarse la mano derecha al corazón o el concepto de patriotismo ya es de resorte exclusivo de los seguidores del presidente electo?
Es demasiada responsabildad sobre los hombros de un grupo de futbolistas, máxime cuando ambos candidatos se encargaron de fomentar la polarización durante los siete meses de campaña con términos como “plaga”, usado por De La Espriella para referirse a la izquierda, o “fascista mafioso” y “estafador de estafadores”, empleados por Cepeda. Pero la división también podría llegar a las toldas del ganador si no es consciente de que su estilo fanfarrón y estridente, propio del costeño de caricatura que siempre han mirado por encima del hombro en la región andina y cafetera, más temprano que tarde será repudiado por gran parte de sus 12.959.515 electores.