[Opinión] Diatriba de amor por la Cartagena que se nos escapa entre los dedos

Joel Samper /Foto: Archivo particular.

[Opinión] Diatriba de amor por la Cartagena que se nos escapa entre los dedos

Entre murallas y despojos, la vida insiste: patrimonio y esperanza en la Cartagena que aún resiste.

En 1984 la UNESCO concedió a la ciudad el reconocimiento de Patrimonio Histórico de la Humanidad al “Puerto, Fortalezas y Conjunto Monumental de Cartagena de Indias.” Pasaría mucho tiempo para que la misma entidad pusiese sobre la mesa el concepto de patrimonio inmaterial e intangible.

La sutileza del vacío del lenguaje dio a la ciudad la oportunidad de exaltar su herencia edificada, esa que la posicionó en el contexto global, como uno de los puertos más inexpugnables del conjunto de ciudades fortificadas del Caribe colonial. Al tiempo, le permitió a una ciudad ansiosa de recuperar centralidad insertarse, una vez más, en el contexto global a través de la explotación turística del conjunto patrimonial.

Desafortunadamente, la gente, el soporte de las prácticas cotidianas que le daban sentido a ese conjunto edificatorio y monumental no quedaron consignadas en el relato. Hoy, a punto de cumplir 500 años de su fundación, tras décadas de turistificación desaforada —la misma que le permitió recuperar su lugar en la geopolítica global—, los retos que enfrenta la Cartagena del futuro son enormes.

Una ciudad con altos niveles de inequidad económica, de injusticia social, de segregación urbano-espacial, de racismo estructural, debe conciliar su relación con ese pasado que le ha devuelto la grandeza narrativa, pero que también disfraza de desarrollo la expulsión sistemática de sus habitantes a las periferias, donde la inversión pública y la infraestructura avanzan con extrema lentitud, mientras la pobreza se resiste a retroceder.

Se hace urgente entonces darle voz a un patrimonio que sigue sin ser escuchado, el patrimonio inmaterial e intangible que reposa en sus gentes, en los miles de locales que cada mañana viven en la ciudad a pesar de ella misma y que merecen ser voz activa y participante de una democracia respetuosa cuyo cimiento sea la construcción colectiva de la ciudad.

No se trata tan solo, entonces, de un problema de gestión urbana, hoy la ciudad tiene en juego la subsistencia misma de la vida cartagenera como experiencia colectiva, salvaguardándola de la exotización que pretende turistificarlo todo, y que condena aquello no susceptible a ser explotable.

Es entonces claro que no podemos desligar nuestra identidad cultural ni urbana de nuestro acervo patrimonial, pero la apuesta colectiva de esta construcción requiere un enfoque distinto al tradicional. Los retos de la Cartagena futura e inteligente nos exigen reevaluar paradigmas y desmontar estructuras de pensamiento que nos mantienen anclados a un pasado y, especialmente, a lo peor de un presente poco justo para una gran mayoría.

@litosam

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