[Opinión] Comuna 13

Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] Comuna 13

La recuperación socioeconómica de uno de los sectores más violentos de la capital antioqueña, escenario de la Operación Orión, es ejemplo para el país, aunque el accionar de las bandas criminales persiste.

Fabián no es su nombre, porque decir su nombre puede costarle una bala en la cabeza o simplemente que dejen de verlo un día, que no regrese a su casa, que su mamá no pueda ni ir al cementerio a llorarlo, a despedirlo como la Iglesia manda. Que su cuerpo lo arrojen en una cantera, en La Escombrera, así la llaman. Fabián es nada más y nada menos que guía turístico y enseña los secretos de la Comuna 13 de Medellín, donde nació hace 30 años y ha crecido, con sus 13 hermanos, esquivando los proyectiles que llueven de bando y bando: de los paramilitares, de la guerrilla, de los narcotraficantes, de los extorsionistas, de tantos lados que ya no se sabe de dónde vienen ni importa en lo más mínimo.

A Fabián le pagan por decir la verdad, la suya: cuenta la historia de su Comuna, una de las más marcadas por el sino de la violencia en el Valle de Aburrá, no como el que recita de memoria un parlamento después de haber leído un libro o un periódico, pues no la ha aprendido por verla impresa en una hoja ni narrada en una pantalla, sino como alguien que rebobina los recuerdos y suelta sin talanquera un chorro de palabras, una cascada de drama, dolor, muerte, marginación, injusticia, aunque ahora también de vida y esperanza.

Dice que sus padres llegaron al cerro a comienzos de los años 80 con una mano adelante y otra atrás, lo mismo que miles de familias desplazadas por la violencia en el campo. Allí, como no había mucho por hacer durante esas noches interminables de miedo e incertidumbre, se pusieron a tener hijos, y 14 tuvieron. Y es que la luna no puede ser más hermosa cuando se mete por esas ventanitas abiertas de casitas de ladrillo construidas una encima de la otra como piezas de armotodo. Pero en esas llegó Pablo Escobar a ofrecer plata por matar, y cambió para siempre el rumbo de las cosas en ese lugar. Y luego la guerrilla, a reclutar muchachos; y después los ‘paras’, a barrer con metralleta a los reclutados y también a sus familias, para evitar venganzas. Y más tarde el Ejército y la Policía, a lo mismo que los ‘paras’.

Hasta que en la madrugada del 16 de octubre de 2002, cuando empezaba el gobierno del presidente de la mano dura y el corazón grande, un helicóptero Black Hawk desató una tormenta de fuego contra las casitas de juguete y el infierno trasladó su sede a la Tierra en la Comuna 13. Para limpiar el terreno de guerrilla, los ‘paras’ entraron por lo alto de la montaña y sus primos, los policías, por la parte baja. Un sándwich de sangre y muerte en el que miles de inocentes quedaron atrapados. Lo de Fabián y su familia fue un milagro, ni un rasguño. Catorce pollitos contó la mamá, una matrona antioqueña, rezandera, a la que sus hijos todavía le tienen más miedo que a las bandas criminales. Por eso ninguno se fue de ‘paraco’ ni de guerrillero.

Después de la limpieza, ya no hubo más ley que la de los ‘paras’, que al poco tiempo decidieron someterse a la Justicia para darle un triunfo al presidente nacido de la entrañas de esa ciudad. Aunque muchos prefirieron no entregarse y continuar con sus negocios; eso de la paz es cosa de cabecillas con renombre, a los subordinados lo que les va es la plata, las fiestas, las mujeres, el aguardiente, el bareto para relajarse. Con esa luna tan hermosa alumbrando las casitas, ni más faltaba irse para una cárcel. Y todavía están allí, con más poder incluso que sus antiguos jefes, pero bajo el amparo del anonimato legal de un proceso de recuperación social y económica de la Comuna.

El hip hop fue la semilla. El baile, el rap, el arte de contar con aerosol historias en las paredes, y, con los años, apareció el reguetón. Un movimiento cultural más fuerte que las ideas de izquierda o derecha, más fuerte que la tentación del narco, y así, una mañana, ya ningún joven quería ser sicario o traficante, todos anhelaban convertirse en J. Balvin, Maluma, Karol G. o cualquier otro de esa máquina de producir artistas llamada Medellín.

Atraídos por el movimiento urbano arribaron los turistas extranjeros. Y alguno se sintió a gusto allí adentro y no volvió más. Otros siguieron sus pasos. Echaron raíces en la montaña, rodeados de gente bella y extraña. Transmitieron sus conocimientos, enseñaron nociones de negocio. La presencia de alemanes, suizos, gringos, españoles generó confianza. El turismo nacional volcó sus ojos al cerro. Una tarde llegaron unos técnicos de la Alcaldía a instalar escaleras eléctricas para facilitar la subida de la cuesta, que ha dejado más lesiones en los huesos que el hambre y las balas, y ese fue el punto de quiebre. La Comuna se transformó en un centro comercial de 10 pisos.

Pero la delincuencia nunca se fue. Allí sigue. Visible para todos. Invisible solo para el que no quiere ver. Es el aceite del motor. Las extorsiones son el lubricante para que la Comuna funcione como un relojito. Nadie roba, nadie mata, el turista entra a tierra comanche y sale como si nada. Las bandas imponen el orden y cobran por su vigilancia. Vacuna, la llaman. Porque te inyectan. Porque te clavan. Cuidado alguien se atreve a dañar el negocio, socio.

@jutaca30

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a La Contratopedia Caribe

Share This