Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía
[Opinión] Barranquilla ‘premium’
La capital del Atlántico le apuesta a una estética ‘core’ para afianzar su identidad y consolidar una ciudad de postal que atraiga a turistas. En esa bacanería estilizada la Alcaldía ha sido clave, analiza Juan A. Tapia.
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Una ‘quillita’ sofisticada y amañadora, de tardecitas frescas y noches de cervecita en el Malecón, con vistas al río Magdalena por un costado y a los rascacielos que intentan tocar las nubes, por el otro lado; con la banda sonora de Aria Vega para las historias de Instagram, música suavecita y pegajosa para ganar corazones y crear identidad; con ropita ligera, sin complicaciones, al gusto de los costeñitos y costeñitas que se disfrazan como quieran en los desfiles de Carnaval, hijos privilegiados de esa Barranquilla de mostrar que acaba de inaugurar su nuevo símbolo de progreso y ostentación: una rueda de la fortuna para sentirse orgulloso de vivir en una ciudad de postal.
El debate en redes sociales sobre la estética de vida —muy diferente al estilo de vida— definida como ‘costeña core’ o ‘costeño premium’ está lejos de ser insulso y va más allá de la crítica a los jóvenes de los estratos altos de la capital atlanticense por la supuesta apropiación cultural de los símbolos identitarios de los barrios medios y bajos, como la música, el baile, la ropa, la comida, o de actividades arraigadas en esos sectores, entre ellas las celebraciones con los escaparates sonoros conocidos como picós o los encuentros de esquina para jugar partidas de dominó. ¿Se trata de un robo flagrante y descarado de tales arquetipos o no pasa de ser un producto edulcorado para quienes deseen ser partícipes de una experiencia sin vivirla a fondo o sin correr riesgos?
La cultura, aunque provenga de un espacio geográfico determinado —país, región, ciudad—, no pertenece a ningún individuo o grupo poblacional, precisamente porque es lo contrario a una jaula o una doctrina. Por eso hay tanta autenticidad en los bailarines medellinenses de tango como en los nacidos en los arrabales bonaerenses; en el acordeonero John Olmos Prieto, rey vallenato infantil 2025, venido del Casanare, a cientos de kilómetros del Cesar o La Guajira; en los cantantes colombianos de música regional mexicana; en la cumbia, que surge en Colombia pero va de México hasta Argentina; en un hincha bogotano de Junior y, también, en un barranquillero que luce orgulloso una camiseta de Nacional. Y si los dos, el rolo y el costeño, son, a la vez, fanáticos del Real Madrid, el Bayern Múnich o el PSG, también son auténticos si su elección no es superficial ni pasajera, sino un vínculo emocional.
Sin embargo, en Barranquilla ha persistido durante décadas un fenómeno difícil de describir: el secuestro o la retención arbitraria de la corona de la reina del Carnaval, reservada para una joven de nivel socioeconómico elevado y perteneciente a un grupo reducido de familias con incidencia política o empresarial. Es decir, una joven de cuna dorada, fiel exponente de lo que ha sido bautizado recientemente como ‘costeña core’ o ‘costeña premium’.
Y la corona está secuestrada porque el acervo cultural que la sostiene nace en barrios o territorios donde las jóvenes están vetadas para aspirar al trono de las fiestas. Para volver al ejemplo del párrafo anterior, si reconocemos y respetamos el derecho de un barranquillero a declararse y comportarse como hincha de Nacional, sería ridículo e impresentable no hacerlo si el equipo de sus amores es el mismísimo Junior.
El peligro es que ese barniz de sofisticación termine por tragarse o eclipsar la expresión cultural que recubre. Que los reflectores iluminen lo ‘premium’ y dejen a oscuras lo tradicional, como ocurre en Barranquilla con el baile de champeta, una manifestación llegada a los barrios populares de la ciudad desde la Cartagena más profunda, humilde y hostil, que dio el salto a los clubes sociales con una estética refinada de espectáculo de Carnaval, pero dejó atrás el estilo de vida que la alimenta. Volvemos entonces a las diferencias de un estilo de vida y una estética de vida.
El reguetón, por ejemplo, combina con éxito los dos, y ese es el secreto de su permanencia. Se eleva a los más grandes escenarios del mundo sin perder la esencia de la comuna. El concepto ‘core’ o ‘premium’, en cambio, tiende a parecerse a la adaptación en bossa nova de temas de Metallica o Bob Marley para suavizar las esperas en los consultorios, las compras dispendiosas en los centros comerciales o para ambientar los juegos previos en los moteles antes de pasar a la acción.
En amalgamar estética y estilo de vida recaerá la consistencia y perdurabilidad de una ‘identidad barranquillera’ que ya empieza a tomar vuelo dentro y fuera de la ciudad. Miles de turistas han comenzado a llegar atraídos por esta nueva bacanería estilizada que dista mucho de la del Hombre Caimán o del Costeño de Dejémonos de Vainas.
La pasión por el Junior es otro producto de exportación enmarcado en esta nueva estética, incluso dentro de las fronteras del país, por la cantidad de elementos representativos que distingue a su hinchada. El Quiéreme siempre convertido en himno, las frases inmortales del narrador Édgar Perea, quien concedió al equipo el atributo de no perder hasta que lo maten y de ser el “papá” de sus rivales, de esos “demás” que valen lo que ya ustedes saben. Un sentimiento hecho pelota que es, quizá, la raíz más profunda del árbol de la costeñidad ‘premium’.
La materia prima barranquillera es suficiente para vender una opción que compita, conviva o incluso desplace a esa ‘identidad paisa’ que conquistó el planeta como reflejo de Colombia. Pero, sobre la marcha, es necesario aprender de los antioqueños a no quedarnos en lo superficial.
La administración política de la ciudad, al frente de la Casa Char desde hace ya dos décadas, ha jugado un papel determinante en la consolidación de esta narrativa y la proyección de una imagen que no por corresponder a un cuadrante privilegiado —o precisamente por eso— deja de tener un componente aspiracional atractivo para el resto de sus habitantes.
En las últimas semanas, con las fiestas de Navidad y Año Nuevo, la Alcaldía encabezada por Alejandro Char ha usado todo su poderío económico y reputacional para empoderar a la Luna del Río, una noria de 65 metros de altura instalada en el Gran Malecón, como el estandarte de la transformación urbanística y social de esta capital. Que esa punta de lanza no sea una obra de real magnitud e impacto, que las hay, es una muestra de la prioridad que tendrá de ahora en adelante el discurso estético en la ‘Quilla premium’ de la cervecita, el agüita e’ coco, la champetica y el Junior campeón.