[Opinión] Abelardo y la changua

Juan Alejandro Tapia /Foto: Cortesía

[Opinión] Abelardo y la changua

La decisión del presidente electo de cogobernar desde Barranquilla es un golpe al mentón del poder político y económico del país, y terminará por desenmascarar a muchos de los que hoy posan de ser sus aliados, analiza Juan A. Tapia.

El presidente electo Abelardo De la Espriella ha ido desdiciéndose una a una, desde el comienzo de su campaña, de las frases que antes de lanzarse como candidato lo convirtieron en una figura tanto mediática como polémica: de su antigua condición de ateo pasó, con teatralidad, a la de católico de camándula, fiel devoto del Señor de los Milagros de Buga y de la Virgen de Chiquinquirá (incluso, para que a nadie le quedara duda de su conversión, se animó a rezar el rosario con Rochi Stevenson, previo a la primera vuelta, transmitido en línea para sus electores). De su desprecio por el fútbol, deporte para el que confesó no tener ninguna aptitud, pasó a adueñarse de la camiseta de la Selección Colombia y declararse juniorista de toda la vida, como buen costeño. De su animadversión por un país de “desagradecidos, desleales y cafres”, cita textual de una entrevista, pasó a reivindicar el derecho de sus copartidarios a vivir en una “patria milagro”. Pero hay una frase de la que el futuro jefe de Estado no se ha retractado hasta ahora ni da muestras de querer hacerlo: la de su repulsión por la changua, esa sopa de huevo -en leche o en agua- salpicada de pan tostado, cebolla y cilantro, típica del altiplano cundiboyacense, a la que llamó con asco “potaje carcelario”.

Aunque apasionado de la cocina mediterránea, el ultraderechista De la Espriella no tuvo reparo en llevarse a la boca con gesto complacido unas cuantas cucharadas del arroz de payaso con huevo cocido tan popular en las calles de Barranquilla, pero su estómago, y sobre todo su paladar exquisito, no quisieron nunca darle una oportunidad a la changua. Es el mismo rechazo que -tantas señales dejaron ya de ser coincidencia- le produce Bogotá, la ciudad que transformó el peculiar platillo en un componente esencial de su gastronomía, desde el desayunadero más económico hasta el de línea gourmet. La capital colombiana, dicho por él en otra entrevista, le resulta “densa, compleja” y sencillamente “no me gusta”, desagrado que no se esmeró en camuflar durante la campaña, y mucho menos oculta ahora como presidente electo, cuando ha dejado más o menos claro que cogobernará desde Barranquilla.

El centralismo ha sido una de las grandes talanqueras en este país de regiones, algunas tan separadas culturalmente que parecen formar parte de naciones distintas y distantes. Que De la Espriella haya decidido trasladar de facto la sede de gobierno a Barranquilla, bien sea a su oficina de la calle 75, donde ya se reunió con sus ministros designados, o al edificio de la Aduana en la Vía 40, es una declaración de intenciones que significa un espaldarazo no solo a la capital atlanticense y el Caribe, sino a todos los territorios marginados. Sin embargo, no deja de ser un golpe al corazón del poder político y económico de una oligarquía que hoy posa de aliada del presidente electo, pero en el fondo lo ve como un personaje estrafalario que habla de sí mismo en una tercera persona de dibujos animados: “el Tigre”, un supuesto símbolo de autoridad prácticamente calcado de una caja de cereal.

De la Espriella, que no tiene un pelo de tonto a pesar de usar un implante capilar, lo sabe. Porque tiene que saberlo. Alguien con su olfato para el dinero y con su capacidad para convencer multitudes, a 13 millones de votantes nada más y nada menos, tiene que saber de antemano que si una decisión terminará por llenarlo de enemigos es la de mudar la sede de gobierno. Y sabe, también, que muchos de esos enemigos hoy fungen de amigos y no tienen reparo en inclinarse y besarle la mano. ¿Cuántos de esos alcaldes que han aplaudido su estrategia contra el crimen organizado creen tener mayor derecho y credenciales para liderar a Colombia que un outsider sin más mérito que una personalidad arrolladora? ¿Cuántos lo ven como el típico costeño fanfarrón de caricatura? ¿En cuántos de sus aliados puede confiar realmente, cuántos solo buscan desempolvar sus viejos escudos de armas y cuántos le dieron su apoyo solo para impedir que Petro y el progresismo se enquistaran en el Palacio de Nariño?

Entre los más entusiasmados con la idea de trasladar la sede de gobierno está el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, interesado en que De la Espriella retribuya el respaldo que, sin importar las restricciones para participar en política, le brindó durante la campaña. La ascensión del abogado monteriano era un tema de sobrevivencia para la casa Char, pero en poco tiempo podría impactar la naturaleza misma de su mandato. En veinte años continuos de administraciones charistas nunca ha existido nadie con más poder en la ciudad que Alejandro Char, aun cuando su oficina en el Paseo Bolívar esté ocupada por otro. Sus súbditos lo tratan como a un rey, y tanto ellos como él terminaron por creer que Barranquilla es su reino. Pero al soberano ya no le alcanzan los impuestos que el pueblo paga puntualmente a la corona y los bandoleros tienen a la población sumida en el desespero y la frustración. Por eso, desde el domingo 21 de junio, cuando De la Espriella ganó la presidencia de Colombia en segunda vuelta, la ciudad cambió de dueño.

Presionado por la amenaza del petrismo de tomarse a Barranquilla si Cepeda ganaba las elecciones, acorralado por las bandas criminales y sin apoyo económico ni institucional de Bogotá por su enfrentamiento personal con el presidente en ejercicio, Char tomó una decisión arriesgada: ceder la corona por cuatro largos años, una especie de abdicación intermitente. Y desde el lunes 22 de junio, Abelardo De la Espriella es el rey. Ante él ha tenido que hincarse el alcalde al que antes todos se le arrodillaban y ninguno osaba mirar a los ojos. Si el presidente electo cumple su palabra de devolverle a la ciudad la tranquilidad, acabar con el flagelo de la extorsión y concluir proyectos fundamentales para la competitividad como la modernización del aeropuerto Ernesto Cortissoz y la deconstrucción del viejo puente Pumarejo, conseguirá la lealtad de los barranquilleros y ya no necesitará de la casa Char. Y quién sabe, quizá hasta empiece a entregar las primicias del Junior.

@jutaca30

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