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A las comunidades de los Montes de María –15 municipios de Bolívar y Sucre–, la pandemia les ha complicado mucho más la comercialización de sus productos. /Foto: Tatiana Velásquez.

“Es muy difícil pensar en protocolos de bioseguridad en veredas tan apartadas”: Wilmer Vanegas

En época de pandemia, los agricultores de los Montes de María han enfrentado un doble desafío: evitar el contagio por coronavirus y lograr transportar al menos una parte de sus productos a las ciudades para no perder sus cosechas. Una lucha diaria que se da en medio de un histórico rezago de infraestructura y del reciente recrudecimiento de la violencia.

*Esta entrevista es parte de la serie ‘Pensar el territorio, pensar lo que viene’.

En tiempos de pandemia, la agenda mediática ha estado centrada en la reactivación económica y en analizar el impacto de la emergencia sanitaria en las principales ciudades del país. Poco se ha contado sobre cómo el coronavirus les cambió la vida a las comunidades rurales y todo lo que han tenido que batallar los campesinos, estos últimos cinco meses, para vender sus productos con las restricciones de movilidad.

A los Montes de María –15 municipios de Bolívar y Sucre atravesados por un sistema de cerros y golpeados por la violencia– el coronavirus llegó para cambiarles su cotidianidad, pero también para resaltar el rezago histórico de sus territorios. Allí hay pobladores que no tienen garantizado el acceso al agua potable, ni al sistema de salud, ni a las nuevas tecnologías, ni a vías de asfalto. De hecho, gran parte de los frutos de la tierra se sacan a lomo de mula. 

Para entender cómo la pandemia ha transformado la cotidianidad de los montemarianos, especialmente la de quienes están asentados en zonas rurales como la Alta Montaña, La Contratopedia Caribe entrevistó a Wilmer Vanegas. Él es un líder campesino de la vereda Pueblo Nuevo, de María La Baja, que desde hace cuatro años es docente de la Universidad Tecnológica de Bolívar. 

A través de la cátedra ‘Cultivar alimentos y cosechar paz’, les enseña a estudiantes de distintas disciplinas cuán medular es el campo para garantizar la alimentación de todo un país.

Wilmer Vanegas, líder campesino de los Montes de María. Fotografía de Marcela Madrid  Vergara. 

La Contratopedia Caribe. ¿Cómo ha afectado la pandemia la comercialización de los productos?

Wilmer Vanegas. Nos ha afectado gravemente porque los vehículos que los transportaban no están trabajando. Además de la flota de buses intermunicipales, había unas chivitas viejas de carga que salían todas las madrugadas con alimentos de veredas como Níspero, Los Bellos, San José de Playón, Retiro Nuevo y Correa. 

¿Qué está pasando ahora? Están llegando los acaparadores en camiones comprando productos a muy bajo costo. A nosotros nos toca venderlos así porque no tenemos otra opción de venta. 

LCC. ¿Quiénes son los acaparadores? 

WV. Son comerciantes a pequeña y a gran escala que le compran un poquito al uno, un poquito al otro, llenan un camión y salen hacia Barranquilla o Cartagena a vender. Siempre han existido, pero se fortalecieron con la pandemia. 

Ahora no podemos llevar directamente nuestros productos a la ciudad por tantas restricciones de movilidad. Teníamos la posibilidad de vender en Bazurto, en el Mercado de Santa Rita y en diferentes barrios de Cartagena. Además de eso, activábamos los mercados campesinos, como el de la UTB (Universidad Tecnológica de Bolívar) cada 15 días.

LCC. ¿Cuáles son los productos más afectados?

WV. Nuestra producción, por excelencia, es la yuca, el maíz, el ñame y en algunas comunidades, como las zonas altas de El Carmen de Bolívar y María La Baja, aguacate y frutales, más que todo zapotes, nísperos y mameis. Hay una gran variedad de productos que se están quedando en el territorio y estamos utilizando para el autoconsumo. 

El producto más afectado es la yuca, que la están pagando a muy bajo costo. Una bolsa tiene casi 80 libras y la están pagando a $10.000, antes pagarían entre $25.000 y $30.000. Ese precio no nos alcanza ni siquiera para pagar los costos de producción.

Estamos prefiriendo dejar la yuca ahí y hacer transformación de productos para el autoconsumo. Por ejemplo, hacer el enyucado o los bollos de yuca. Productos que se pueden hacer, pero a pequeña escala porque son para la familia o el resto de la comunidad.  

LCC. ¿No hay posibilidades de abrir otros escenarios de comercialización directa? 

WV. En este momento estamos estudiando la posibilidad de abrir mercados solidarios para mirar cómo movemos los productos y los mandamos directamente a los consumidores. Pero para eso tenemos, primero, que resolver los problemas de movilidad y de plataforma tecnológica.

Gran parte de la producción está en zonas de donde debe sacarse a lomo de mula porque no hay una vía que nos permita entrar con vehículos. Además del problema de las vías, muchos dependemos del clima porque no estamos en la zona de los distritos de riego. Estamos en invierno, pero la temporada no es muy lluviosa. Llueve dos o tres días y la lluvia se aguanta 15 ó 20. A veces los productos se nos pierden por falta de agua.

María La Baja tiene un distrito de riego majestuoso, que baña 19.000 hectáreas por gravedad, pero solamente a las zonas bajas, sembradas con cultivos de palma y monocultivo de arroz industrial. La mayoría de los productores estamos en la zona alta. Nosotros, los campesinos que producimos los alimentos diariamente, nos hemos ido trasladando hacia las zonas más altas. No tenemos un distrito de riego y dependemos netamente del factor climático. 

LCC. Antes de la pandemia, ¿cuáles eran los principales mercados de los productos montemarianos? 

WV. Los principales mercados de nosotros siempre han sido Barranquilla, Santa Marta y Cartagena. Inclusive, de acá se han llevado productos a Valledupar. En algunas oportunidades, con las diferentes universidades y gracias a las alianzas, hemos logrado llegar a Bogotá con productos específicos como la miel de abeja y el aguacate. 

LCC. ¿Tienen garantizados los insumos para los cultivos de los próximos meses?

WV. La mayoría de los productores estamos produciendo agro ecológicamente, eso quiere decir que se generan muchísimos más costos de producción porque no estamos utilizando ningún tipo de químico. 

Estamos sembrando mucho arroz criollo, palanqueado, que es el arroz artesanal, muy diferente al industrial. Estamos sembrando hortalizas, yuca y maíz criollo. Ahí hay una competencia desleal porque en la zona baja de María La Baja, que baña el distrito de riego, los medianos campesinos y grandes productores están sembrando maíz industrial con todos los químicos. No podemos competir con esos precios. 

Esos productos están quedando para el consumo local, porque todavía no tenemos los mercados abiertos para venderlos en Cartagena.

Estamos empezando a incursionar con otros como la miel de abeja. Antes de la pandemia nosotros se la vendíamos a algunos aliados estratégicos de Cartagena, como heladerías que estaban produciendo helados orgánicos y no endulzaban con azúcar refinada. 

La miel también tenía salida con Fruilac y la Cadena Apícola de los Montes de María, que son empresas campesinas, y con un grupo de alumnos de la Universidad del Atlántico que abrieron un punto de comercialización. Ahora vendemos escasamente las que nos compran en las casas de la comunidad. La venta hacia afuera está cerrada. 

LCC. ¿La mayoría de habitantes en las comunidades ha tenido garantizado el acceso a la comida durante la pandemia? 

WV. Productos del campo tenemos. Aquí la gran dificultad es el abastecimiento de lo que no producimos y que se ha encarecido mucho. El mercado nos los vende a través de las tiendas y de los distintos negocios que hay en las comunidades. 

Estoy hablando del aceite, del azúcar y de la sal. Si uno hace un balance de productos de la canasta familiar producida en el campo, pues las comunidades rurales tienen cómo sacar adelante su pancoger: hay yuca, ñame, maíz, patilla, melón. 

Hemos sembrado mucha más tierra y por ahí en unos cuatro meses debe haber producción. No nos preocupa tanto la producción sino la comercialización.

LCC. ¿Cómo está la cría de animales a pequeña escala? 

WV. Nosotros tenemos su gallinita, su cerdito. Algunos tienen sus vaquitas para la leche y muchas comunidades también están criando peces en estanques. Hemos venido promoviendo ese tipo de prácticas porque complementan la canasta familiar. La pandemia nos ha abierto los sentidos: necesitamos producir nuestras propias proteínas. 

LCC. ¿Cómo están garantizando que la gente en las comunidades cumpla con los protocolos de autocuidado? 

WV.  La principal medida que tomamos en algunas comunidades fue cerrar las fronteras y crear entradas y salidas estratégicas, controladas por la misma comunidad. Si la gente entra en moto, se desinfectan a las personas y al vehículo. También se les controla la temperatura y se revisa que lleven tapabocas.  A quienes no son del territorio no los estamos dejando entrar. 

Con el apoyo de la Alcaldía, en el caso de María La Baja, se incentiva con una pequeña retribución económica a algunos jóvenes de las comunidades para hacer los controles. En comunidades de otros municipios, como los de la alta montaña en El Carmen de Bolívar, los mismos habitantes controlan a través de voluntarios.

Todo eso nos ha permitido tener controlado el virus, que no ha llegado a las veredas.

LCC. ¿Cómo están obteniendo los elementos de bioseguridad? 

WV. Nosotros hemos pasado por grandes dificultades para conseguir esos elementos. Tenemos aliados como la Corporación de Desarrollo Solidario (CDS) y con las alcaldías hemos logrado algunas acciones estratégicas. 

LCC. Las comunidades de los Montes de María, históricamente, no han tenido agua, ¿cómo están logrando tener acceso al líquido para lavarse las manos con regularidad?

WV. Precisamente, hace un año hicimos una marcha pacífica y nos tomamos la Gobernación de Bolívar y llegamos a unos acuerdos con la administración, entre ellos la construcción de varios acueductos: algunos ya están funcionando y otros están en proceso. 

Por ejemplo, en la vereda La Suprema, que era una de las comunidades afectadas por la falta de agua, ya hay acueducto. Santo Domingo de Meza, que es parte de El Carmen de Bolívar y está en la alta montaña, también tiene un pozo profundo que está por funcionar. Lo mismo en San José de Playón.

Esos acueductos funcionan a través de pozos profundos. En la comunidad de donde yo soy, la vereda de Pueblo Nuevo (María La Baja), hay uno que se succiona a través de una bomba sumergible y tiene un filtro para potabilizar. Es manejado directamente por la comunidad. El agua se distribuye a través de redes domiciliarias y cada casa da tres mil pesos mensuales para el mantenimiento.

LCC. Entonces, ¿cómo se abastecen de agua los corregimientos que están en la alta montaña y aún no tienen estos acueductos?  

WV. Allá se está promoviendo la construcción del acueducto a través de un pozo profundo de 100 metros y mientras tanto se obtiene agua a través de mangueras conectadas a los ojos de agua naturales de la zona. La Gobernación de Bolívar y Aguas de Bolívar instalaron metros de manguera para facilitar la captación del agua. 

En las comunidades donde no tienen redes, la gente se abastece de los mismos pozos naturales, pero como están a grandes distancias de sus casas, van en burro y cargan galones. Esa agua no es apta para el consumo humano y en las comunidades la consumen porque no tienen otra opción. Muchos la hierven y otros la toman así como la recogen porque consideran que está filtrada naturalmente por venir de unos ojos de agua naturales. 

Además, hemos hecho gestión con la Gobernación de Bolívar para que donde no haya agua lleguen camiones a abastecer a las comunidades, especialmente, ahora por la pandemia.

LCC. En algunas comunidades, entonces, es muy difícil eso de ‘Lávate las manos al menos cada tres horas’. Ese estribillo está pensado para la ciudad. 

WV. Es que la pandemia ha traído más dificultades para los sectores rurales. No tenemos los elementos necesarios para garantizar el autocuidado ni tenemos agua. Tampoco tenemos un buen sistema de salud. Nuestros hospitales quedan en los cascos urbanos. Es muy difícil pensar en protocolos de bioseguridad en veredas que quedan apartadas, como Santo Domingo de Meza, que no tienen un médico ni un centro de salud. 

Antes de la pandemia, a las comunidades llegaba un médico cada ocho días. Así fuera en una sala improvisada con una camilla y un abaniquito atendía siquiera a 20 pacientes. Ahora con la pandemia no hay ningún médico (de las ESE de los hospitales de los respectivos municipios) disponible. 

Para ir a una consulta tenemos que coger una moto, transportarnos hacia el casco urbano. En el caso nuestro, hacia el municipio de María La Baja, donde hay Covid-19, enfrentarnos a una fila larga para coger una cita y ser atendidos. También les pasa lo mismo a quienes están en la alta montaña. Tienen que ir al Carmen de Bolívar o al casco urbano donde tenga jurisdicción su EPS. 

LCC. Las organizaciones cívicas de los Montes de María firmaron, hace unos años, de manera simbólica un acuerdo para que, con o sin el pacto de La Habana, Montes de María fuera un territorio libre de guerra. ¿Qué tanto se ha agudizado la violencia durante la pandemia?

WV. El tema se ha venido agudizando. La pandemia ha parado muchas cosas, pero esa gente (los actores armados) no ha parado. Siguen ejerciendo acciones en contra de las comunidades. No me quiero alargar mucho en el tema, pero la situación está bastante compleja. 

LCC. ¿Cómo ha sido el acceso a los mercados y distintas ayudas gubernamentales? En un informe reciente varias organizaciones alertaban por una especie de control clientelista a las ayudas humanitarias.

WV. Tuvimos algunas dificultades con unos mercados que mandó la Gobernación en abril: esos mercados no beneficiaron, necesariamente, a las personas que realmente lo necesitaban sino a las personas que votaron por X o Y candidato. 

Cuando tú llegas a una comunidad con 100 mercados y resulta que hay 200 familias estás diciendo que habrá 100 que se quedarán sin ayudas. Entonces, ¿cómo haces la selección para garantizar que realmente los más necesitados sean los que reciban esas ayudas? Si a los líderes no se les da la oportunidad de identificar a las personas más necesitadas para solventarles su situación, sino que se politiza la entrega, se generan roces en las comunidades. 

Esos mercados de la Gobernación llegaron a las respectivas alcaldías. De allí la oficina de Gestión del Riesgo tuvo en cuenta bases de datos nacionales como las de Familias en Acción y resulta que muchos de los listados tenían personas que habían fallecido un año o dos años atrás. A eso hay que sumarle que muchos jóvenes ya tienen su propia familia y todavía aparecen registrados dependiendo de sus padres.

La gente está resolviendo más con las ayudas a nivel nacional, con el Ingreso Solidario y con Familias en Acción. 

LCC. ¿Cómo están afrontando las clases virtuales los niños y jóvenes en las comunidades?

WV. El acceso a internet desde las comunidades es bastante complejo. La Gobernación, a través de la Secretaría de Educación, repartió unas simcards con unos datos. Eso se quedó corto porque al mes los alumnos ya no tenían megas para hacer sus talleres. Además, muchos tenían simcard pero no tenían un teléfono.

Hay estudiantes que no tienen acceso a un computador, ni a una tablet, ni a un teléfono inteligente que les permita siquiera mandar las tareas por WhatsApp. La señal tampoco es que sea muy buena en algunas zonas.

LCC. Y entonces, ¿cómo están haciendo los niños y jóvenes montemarianos para estudiar? 

WV. La mayoría está recibiendo sus clases por WhatsApp y enviando por ahí los talleres. Muchos lo hacen desde teléfonos prestados de los tíos, primos o papás. Las clases siguen y los más preocupados son los alumnos que ya terminan el bachillerato este año. Sienten una incertidumbre grande porque no saben si se van a graduar o si las clases virtuales les van a dar un buen nivel académico para poder concursar por un cupo en cualquier universidad de Colombia. 

LCC. ¿Hay jóvenes que han abandonado las aulas? 

WV. Sí, conozco varios casos en las veredas. Son alumnos a los que se les dificulta mucho la conectividad. Prefieren dar el año como perdido y empezar otra vez desde cero en enero o en febrero de 2021.

LCC. Pero, esos jóvenes podrían quedar más expuestos al alcohol, a las drogas y a los grupos delincuenciales.

WV. La falta de oportunidades para nuestros jóvenes, tanto de estudio como de trabajo, está llevando a varios de ellos a la drogadicción, a ingresar a diferentes grupos al margen de la ley o al hurto. Además, la mayoría se dedicaba al mototaxismo y con la pandemia ni siquiera han podido seguir en eso. Muchos optaron al inicio de la pandemia por irse a prestar el servicio militar al Ejército: son 18 meses y tienen garantizada la comida.

LCC. Definitivamente, con esta pandemia quedó más que en evidencia que sin el campo no nos alimentamos, pero al mismo tiempo cuán rezagado está.

WV. Así es. Dentro del curso que estoy dictando en la UTB tengo una actividad que se llama salida académica. Tuve la oportunidad, el semestre antepasado, de sacar a 40 alumnos. Los llevé a Puerto Mesitas, una vereda que no tiene agua potable ni luz.

Los alumnos miraron la realidad y a muchos de ellos no se les pasaba por la cabeza que a estas alturas de la vida pudieran haber comunidades en estas condiciones.

Una respuesta a ““Es muy difícil pensar en protocolos de bioseguridad en veredas tan apartadas”: Wilmer Vanegas

  • Qué buena entrevista, los felicito! Es muy importante dar a conocer las realidades del campo en esta coyuntura, en la que se sigue evidenciando el urbano-centrismo de las políticas estatales, los medios de comunicación y la opinión pública.
    Desde las ciudades hay muchos que queremos apoyar la comercialización solidaria, creo que es hora de fortalecer esas redes y ayudar a la reactivación de las economías campesinas a través de ese tipo de iniciativas. Cuenten conmigo en los que pueda ayudar!

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